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Mi Frío Exmarido (Amelia y Dorian) romance Capítulo 1677

—¿Hubo algún problema? —preguntó Dorian, acercando la mano para tomar el celular de ella.

—No pasa nada —Amelia guardó el teléfono—. Solo quería comprar algo, pero ya no tienen existencias. Checaré en otra tienda.

Su rostro no reflejaba ninguna molestia. Le sonrió a Dorian con tranquilidad.

—Como tienes junta en la tarde y yo no tengo mucho que hacer en la oficina, creo que regresaré a casa con Serena para que duerma su siesta.

—Me parece bien —asintió Dorian—. Ahorita que terminemos, las llevo.

—Claro —respondió ella.

La reunión de Dorian era a las tres de la tarde, así que no tenían prisa. Después de comer, jugaron un rato con Serena para hacer digestión antes de llevarlas a casa.

Aprovechando un momento libre, Amelia le mandó un mensaje al agente para pedirle que le preguntara al dueño anterior a quién le había vendido la casa y si podía darle su contacto.

En cuanto Amelia y Serena llegaron a casa y se acostaron, el agente le contestó.

El antiguo dueño decía que no podía revelar los datos del comprador, ya que se lo habían prohibido expresamente al momento de la venta.

Amelia sintió un nudo de decepción. Tras dudarlo un poco, le escribió al agente:

[¿Crees que me puedas pasar el número del antiguo dueño?]

Amelia era una clienta frecuente de ese agente inmobiliario. Siempre compraba y vendía sus propiedades a través de él.

Además, era una mujer decidida y generosa. Cuando decía que iba a comprar o vender, lo hacía sin dar rodeos. Firmaba el contrato el mismo día que veía la propiedad.

Su único requisito en el pasado había sido dejar registrada su dirección en esa casa por cinco años. Gracias a su carácter amable, el agente tenía una excelente impresión de ella y le pasó el número casi de inmediato.

Amelia llamó al antiguo dueño. Apenas se presentó, el hombre, que seguro ya había sido advertido por el agente, le contestó en tono apenado:

—Señorita Soto, no es que no quiera ayudarla. Es que el representante del comprador fue muy claro: no querían que se filtrara su información para evitar el acoso de las agencias.

El dueño anterior también guardaba un gran concepto de Amelia. Aunque la venta se hizo a través del agente y nunca la conoció en persona, ella había aceptado todas sus ofertas sin dudarlo ni un segundo.

Amelia captó un detalle en su respuesta.

—¿Representante?

—Así es —confirmó el hombre—. El comprador hizo todo a través de un tercero, igual que usted. Jamás conocí al dueño real. De hecho, ya ni me acuerdo a nombre de quién quedó el contrato de compraventa.

—Entiendo, muchas gracias —Amelia intentó calmarse, sintiéndose un poco culpable—. Perdón por tantas molestias.

Tras colgar, se quedó sentada en la orilla de la cama, desanimada, pero negándose a darse por vencida.

Miró la hora en su celular. Tomó la decisión de ir al viejo edificio. Quería ver con sus propios ojos si los nuevos dueños vivían ahí.

Le avisó a Marta que saldría un rato y llegó a la unidad habitacional pasadas las cuatro de la tarde.

Todo seguía igual. Hasta la pequeña fonda improvisada en la entrada del conjunto habitacional seguía en el mismo sitio. El edificio tenía el mismo aspecto lúgubre y desgastado de siempre.

De repente, Amelia recordó la última vez que se había despedido de Dorian en ese lugar. Su corazón se apretó en una mezcla de nostalgia y melancolía.

Por un instante, tuvo el impulso de darse la media vuelta y salir de ahí.

Pero, tras ese fugaz pensamiento, vinieron a su mente los recuerdos de la noche en que Dorian la acompañó hasta su puerta, caminando a su lado por ese pasillo largo y oscuro mientras su corazón latía con fuerza.

Con esa maraña de emociones a cuestas, Amelia subió hasta llegar a la que alguna vez fue su casa.

La puerta seguía idéntica al día que se fue. Ni siquiera habían cambiado la cerradura.

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