En aquellas clases de educación física, cuando los cólicos la obligaban a quedarse recostada sobre el pupitre, él dejaba unas pastillas para el dolor en su mesa sin decir una sola palabra. También recordaba cuando irrumpía en la pista justo antes de que ella colapsara en las pruebas de resistencia, animándola a correr juntos para luego sostenerla cuando estaba a punto de desmayarse. O cuando aparecía en silencio bajo la lluvia, sosteniendo un paraguas en la parada del camión donde ella esperaba sin saber qué hacer, para acompañarla en su cumpleaños...
Esos dulces momentos del pasado cobraban vida una vez más frente a sus ojos, para luego volver a desvanecerse ante la creciente presión de los exámenes de admisión a la universidad.
El juego de luces y sombras los transformaba, pasando de una cercanía romántica a una fría distancia, hasta detenerse en el día que terminaron las pruebas. Ella estaba de pie en las canchas, lo observó a lo lejos en su salón y se dio la vuelta para marcharse sin dudarlo.
Él tiró el bolígrafo, entregó su examen a toda prisa y salió corriendo tras ella.
Su figura alta y apresurada se abrió paso por calles y callejones, buscándola desesperadamente, igual que el día en que Amanda desapareció.
Las luces se fueron desvaneciendo poco a poco, llevándose consigo la frustración de él, y dando paso a sus vidas universitarias, solitarias y ocupadas por separado.
Cada quien estaba en un campus distinto. Iban solos a sus clases, a la cafetería y pasaban horas en la biblioteca. Así, entre el ir y venir de las estaciones, la escena cambió hasta convertirse en el ambiente ruidoso de un restaurante.
—¿Qué celebramos hoy? ¡Milagro que los dos grandes desaparecidos de la generación regresaron al mismo tiempo!
Entre las lejanas bromas, ella y él estaban sentados uno al lado del otro en la mesa.
Amelia apoyaba la mejilla en una mano, mirando en silencio cómo sus compañeros platicaban y reían.
Y él la miraba fijamente a ella.
Luego, la imagen atravesó esa tierna mirada. Se encontraban besándose con pasión en aquel pequeño departamento. A medida que la escena se desvanecía y volvía a iluminarse, Amelia se vio a sí misma profundamente dormida, mientras Dorian la observaba en silencio.

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