Amelia descubrió que estaba embarazada medio mes después de haberse acostado con Dorian.
Aquel día, justo después de entregar el diseño final del proyecto, de repente se acordó de que no le había bajado en todo el mes.
Su ciclo siempre había sido exacto, pero había estado tan abrumada con el proyecto y las entrevistas que no se dio el tiempo de pensar en eso.
Ahora que ya no tenía tanto trabajo, se dio cuenta de que tenía un retraso de dos días. Eso comenzó a ponerla muy nerviosa.
Frida Losada estaba ahí con ella, comiendo juntas.
A Frida justo le había bajado ese mismo día y se quejó de unos cólicos horribles. Entonces notó que Amelia dejaba de comer de golpe y ponía cara de susto.
—¿Qué te pasa? —preguntó Frida, extrañada, pues nunca la había visto tan angustiada.
Amelia intentó calmarse y contestó:
—Nada.
No le había dicho a Frida sobre lo que pasó con Dorian. Ni siquiera sabía cómo explicarle que, justo el primer día de reencontrarse después de tantos años, terminaron en la cama.
Evitaba a toda costa recordar esa noche. Siempre da vergüenza pensar en las locuras que uno hace en momentos de debilidad. No estaba arrepentida, solo no sabía cómo lidiar con el asunto.
Afortunadamente, Dorian ya se había ido cuando ella despertó esa mañana y, desde entonces, no se habían cruzado.
Su trabajo también la mantuvo distraída. El coordinador del proyecto exigía resultados rápidos, así que pasó día y noche ajustando diseños y tratando con los clientes. Prácticamente se mudó a la oficina para entregar todo a tiempo. Así que no tuvo tiempo para reflexionar sobre aquella locura.
Frida, sin sospechar las preocupaciones de Amelia, creyó que también sufría de los mismos cólicos y le sugirió:
—¿Acaso ya te va a bajar también? Acuérdate de tener tus pastillas para el dolor a la mano.
Amelia, al igual que ella, padecía de dolores terribles cada vez que le llegaba su periodo.
Amelia la miró y, asintiendo a duras penas, le dijo:
—Sí.
Involuntariamente se llevó la mano izquierda al vientre. Se le había quitado el hambre por completo y la inquietud en su pecho seguía creciendo.
De camino a su casa, lo dudó muchísimo, pero al final entró a la farmacia y compró una prueba de embarazo.
El resultado fue positivo. Las dos rayitas aparecieron.
Ni siquiera le dio tiempo de comer antes de salir corriendo para allá.
Esa misma entrevista se extendió hasta casi la medianoche. Fueron más de siete horas agobiantes, y tuvo que desvelarse haciendo un caso práctico para la etapa final. Con tantas cosas en la cabeza, tomarse la pastilla del día siguiente se le olvidó por completo.
Cuando al fin lo recordó, ya habían pasado veinticuatro horas. Se apresuró a tomársela en cuanto pudo y guardaba la mínima esperanza de que, de cualquier forma, había estado en sus días seguros.
Pero resultó que la suerte no estuvo de su lado y había salido embarazada de todas formas.
Aun así, guardaba la leve esperanza de que la prueba hubiera salido defectuosa.
Amelia no se animó a marcarle a Dorian.
A la mañana siguiente, fue a la clínica muy temprano.
El médico le mandó a hacer una prueba de sangre y ella pidió que se la entregaran urgente.
Después de que le sacaron la sangre, se quedó sentada en las bancas de la clínica. Su corazón latía con una mezcla de miedo e incertidumbre. Ese terror se convirtió en absoluta confusión cuando leyó el resultado positivo para embarazo temprano impreso en el papel.
Se quedó ahí, apretando el papel en la mano y observando a los pacientes que pasaban a su lado, luchando por calmar la enorme ansiedad que la invadía.

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