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Mi Frío Exmarido (Amelia y Dorian) romance Capítulo 1689

No sabía qué iba a hacer.

Mientras miraba perdida a los desconocidos caminar por el vestíbulo, su corazón dio un vuelco al distinguir una figura alta y familiar. Llevaba puesto un elegante abrigo negro que resaltaba su imponente porte.

Dorian la vio, se detuvo por un instante y se acercó a ella.

Amelia, invadida por el pánico, trató de esconder los resultados, pero fue demasiado tarde.

Él alcanzó a notar el papel del laboratorio que ella se había llevado a la espalda y se quedó mirando esa mano temblorosa por un momento. Luego, levantó la mirada hacia su rostro y le extendió la mano.

—Déjame verlo —le dijo.

Habló con calma, pero su tono demostraba que no estaba dispuesto a recibir un no por respuesta.

Amelia aferró aún más el examen médico con dudas.

—Este...

Trató de negarse, pero las palabras se quedaron atrapadas en su garganta al toparse con su mirada oscura y serena. Mordiéndose el labio con frustración, terminó dándole los análisis.

Dorian tomó la hoja, leyó rápidamente el texto que indicaba embarazo y la observó de inmediato.

Amelia agachó la cabeza y comenzó a juguetear con sus manos sin saber qué más hacer.

—¿Qué piensas hacer?

Su voz ecuánime se escuchó sobre la cabeza de la chica.

Amelia no tuvo otra opción más que levantar la mirada hacia él.

—No lo sé —admitió, hablando muy bajo.

Nunca imaginó que aquel bebé estaría en sus planes.

—Yo soy de la idea de que nos casemos —dijo Dorian despacio, sin dejar de mirarla—, y que tengamos a este hijo.

—¿Casarnos? —preguntó ella, boquiabierta.

Él asintió levemente.

—Sí, casarnos.

—Claro que la última palabra la tienes tú. Si no quieres, no te voy a obligar a nada —aclaró.

—Yo...

La cabeza le daba de vueltas. Apenas estaba tratando de digerir la noticia del embarazo, y el padre de la criatura ya estaba planeando que se casaran para formar una familia.

El problema era que ni siquiera existían bases para ser amigos, y muchísimo menos para considerar un matrimonio.

No se habían visto desde que se graduaron de la preparatoria. Ni siquiera se tenían en el teléfono.

—Tampoco quiero que decidas ahorita —mencionó él—. Puedes ir a tu casa a pensarlo bien unos días. Me dices qué onda cuando lo tengas claro.

Ella lo vio con cierta incredulidad, pero asintió y dijo:

—Está bien.

—¿Veniste sola? —le preguntó él.

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