Amelia volteó a mirarlo por la sorpresa.
Dorian seguía enfocado en la calle con gran serenidad. Ese atractivo rostro que tenía no presentaba ni el menor rastro de vergüenza sobre aquel tema.
Amelia no era igual de tranquila que él. Apretó los labios un instante y dirigió la vista hacia la calle, quedándose callada por un largo rato hasta que le contestó con suavidad:
—Tenía muchísimo trabajo.
Dorian le lanzó una rápida mirada y objetó:
—¿Qué clase de trabajo no te deja tiempo para tomarte un minuto y marcarme?
Era muy obvio que el pretexto no le había colado ni un poquito.
Ella tensó su rostro una vez más antes de cuestionar:
—¿Y para qué te iba a llamar?
Al parecer, Dorian se había quedado sin una buena respuesta.
Tardó unos segundos y, al final, respondió:
—Fui a tu departamento a buscarte, pero no estabas.
—He estado avanzando a marchas forzadas en un proyecto de estos días. Me he estado quedando en la oficina todo este tiempo —respondió, dándose la vuelta para mirarlo—. ¿Para qué me buscabas? ¿Necesitabas decirme algo?
—De lo que pasó esa noche —Dorian dudó por un instante—. Te quiero pedir una disculpa. Yo no debí haber...
—Ya no importa —Amelia lo interrumpió rápidamente—. Es culpa de los dos. Nadie fue el único responsable.
Había sido ella quien dio paso a que ocurrieran esas cosas y nunca dijo que no.
Dorian volteó a mirarla.
Estaba rígida contra el asiento y clavaba los ojos en el cristal delantero. Aunque tenía una postura excesivamente recta y una ligera cara de incomodidad, no se veía nada de enfado o enojo; solo pura pena de tocar ese tema.
—Considero que debo hacerme responsable de mis acciones —insistió Dorian—. La mañana siguiente tenía pensado decirte esto, pero a mi abuelo le dio un malestar y me urgía llevarlo a que lo revisaran. Como dormías profundo, decidí que lo mejor era no levantarte.
—En serio, no te apures por eso. No tiene mayor importancia —Amelia repitió antes de mirarlo—. Oye, ¿y tu abuelo cómo sigue?
—Pues ya mucho mejor —alcanzó a mirarla y vio que su interés se centraba solo en saber de su familia—. Sobre lo de la otra noche, lo digo en serio: creo que tengo que responder por lo que hicimos.
De por sí, a Amelia el tema le era extremadamente incómodo y su intención era dejar de darle vueltas, pero ante su insistencia no tuvo más opción que enderezarse todavía más.
—Ya olvida eso. Al final de cuentas los dos somos adultos. Nadie... forzó al otro a nada —el asunto le producía tal nivel de pena que sus palabras salieron torpes y casi arrastradas—. No hay necesidad de que seamos responsables el uno del otro.
Dorian volteó a mirarla de reojo una vez más.
—¿Y entonces qué pasa con el bebé? ¿No lo vas a tener?
—Pues... —Amelia se mordió los labios—. Yo... Todavía no he pensado en eso.
—Sí, la verdad somos muy jóvenes para aventarnos a ser papás. Pero ya que el embarazo pasó, quiero pensar que fue el destino quien nos jugó esta carta —comenzó a decirle Dorian, sin quitar las manos del volante—. Y mira, si te apura el lado económico, olvídalo. Tengo con qué darles una buena vida, llena de todo. Y si tu miedo es que yo termine por asustarme con las obligaciones de papá... pues no. Podré no saber nada de cómo se cuida a un recién nacido, pero yo también fui niño alguna vez y trataré de hacer mi mejor esfuerzo. Te juro que daré lo máximo de mí para ser un buen papá.
Amelia se quedó muda.
Para nada sabía por dónde abordarlo, y la plática era algo verdaderamente insólito y que rayaba en la locura. ¿Cómo que eran demasiado jóvenes para ser padres? Eran un par de conocidos de toda la vida a los que un accidente los ligaba con un hijo, pero quitando todo eso, podrían considerarse completamente ajenos el uno del otro. La realidad era que no pasaban de haber compartido el mismo salón.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Mi Frío Exmarido (Amelia y Dorian)