Dorian detuvo ligeramente el carrito y volteó a mirarla.
—No es cuestión de si es molestia o no. Fui yo quien te dejó embarazada; mientras ese bebé siga en tu vientre, es mi responsabilidad cuidarte.
Amelia se quedó muda.
¿Acaso ese tipo de temas se podían hablar con tanta seriedad?
Ella no tenía experiencia en eso, ni tampoco la serenidad de él para tocar el asunto sin que se le moviera un solo músculo de la cara.
Aclaró su garganta con una leve tos y apartó la mirada.
—No tienes que ser tan responsable. Puedo hacerme cargo de mis propios actos.
Dorian la observó.
—Yo también solo me estoy haciendo cargo de los míos.
Amelia se quedó sin palabras y por un momento no supo qué contestar.
Después de todo, lo que decía Dorian tenía sentido.
Al regresar a la casa, Dorian actuó como si estuviera en la suya: tomó el delantal, se lo amarró y se metió a la cocina para prepararle de comer.
A Amelia, por su parte, le ordenó que se quedara descansando en la sala.
Ella no se atrevió a impedírselo, y de todos modos, tampoco habría podido.
¿Quién la mandaba a convertirse, por accidente, en el resultado de las acciones de otra persona?
Él solo quería asumir la responsabilidad de sus propios actos.
Amelia no tuvo más remedio que aferrarse a esa extraña lógica para sobrellevar la incomodidad de que Dorian la atendiera personalmente, aunque no podía evitar lanzar miradas furtivas al hombre que trabajaba en la cocina.
Era la primera vez que veía a Dorian cocinar.
Le sorprendió un poco que supiera hacerlo, y además, se movía con bastante destreza.
Al entrar a la casa, se había quitado el abrigo, quedando solo con un conjunto sencillo de camisa negra y pantalón de vestir del mismo color. Esa ropa resaltaba aún más su figura alta y esbelta, igual que aquella noche.
Esa vez, al quitarse el saco, también llevaba puesta esa misma camisa negra que le daba un aire tan elegante y reservado.
Al recordar esa noche, Amelia desvió la mirada, abochornada.
En ese instante, Dorian levantó la vista y sus miradas se cruzaron.
Amelia fingió que no pasaba nada, dejó que sus ojos se desviaran hacia el fuego de la estufa junto a él y luego los apartó lentamente.
Sin embargo, para entonces, las orejas ya le ardían y se le habían puesto rojas.
Dorian seguro lo notó, porque su mirada se detuvo un segundo en sus orejas enrojecidas antes de decirle:
—Ven a comer.


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