La señora que contrató Dorian llegó esa misma tarde. Se llamaba Cristina y no era muy mayor, apenas pasaba de los cuarenta. Era una mujer trabajadora, accesible y con un trato muy cálido. Además, tenía bastante experiencia; en cuanto llegó, se puso a platicar con Amelia sobre un montón de cosas relacionadas con el embarazo.
Dorian no se desatendió del asunto solo porque la señora hubiera llegado. Al contrario, buscó a un nutriólogo especialista en mujeres embarazadas y se puso a investigar por su cuenta en internet. Combinando esa información con la experiencia y sugerencias de Cristina y del especialista, dividió todo en categorías: necesidades alimenticias, cuidados paliativos, seguridad en casa y cosas de emergencia. Le compró todo tipo de artículos esenciales a Amelia: botanas para las náuseas, enjuague bucal y pastillas de menta para aliviar el asco, bolsas desechables, cojines ortopédicos, cositas para sobrellevar los cambios hormonales de los primeros meses, un botiquín básico, protectores para las esquinas de los muebles, lámparas de noche, tapetes antideslizantes... Preparó, con un nivel de detalle asombroso, todo lo que Amelia pudiera imaginarse y hasta lo que no.
Tanta atención disipó un poco el miedo que Amelia sentía por el embarazo, pero también le generó una carga emocional.
Toda la dedicación de Dorian le daba a entender que él deseaba de verdad tener a ese bebé.
Sin embargo, ella todavía no había tomado una decisión.
Temía que, si decidía no tenerlo, Dorian se sintiera muy decepcionado.
Por eso, tras observarlo pegar con sumo cuidado el último protector en la esquina de la mesa de la sala, no pudo evitar preguntarle:
—¿En serio tienes tantas ganas de tener a este bebé?
Dorian interrumpió su labor y volteó a verla con una expresión que sugería que le acababan de hacer la pregunta más absurda del mundo.
Amelia no entendía por qué la veía de esa manera, así que señaló la pila de cosas para embarazada que él había comprado y trató de justificarse:
—Es que... te veo como muy preocupado por todo.
Dorian se puso de pie y clavó los ojos en ella.
—¿Acaso parezco un hombre desesperado por tener hijos?
Al ser tan alto, el solo hecho de pararse frente a ella imponía una fuerte presencia que la intimidaba un poco.
Amelia bajó la voz de manera instintiva.
—Pues no sé, por eso pregunto. Llevas todo el día dando vueltas con esto.
—Eso es por tu bienestar, ¿qué tiene que ver con el bebé? —replicó Dorian.
—Yo creí que te hacía ilusión tenerlo —insistió Amelia—. Cuando te portas así, siento mucha presión. Imagínate si al final decido no tenerlo...
—La decisión es tuya —la interrumpió Dorian—. No tienes que pensar en mí. Como te dije en la mañana, es mi culpa que estés en esta situación, así que me toca asumir las consecuencias de mis actos. No tienes por qué sentirte culpable de nada.
—Está bien —murmuró Amelia—. Pues síguele con lo tuyo, yo me voy a acostar un rato.
Dorian miró su reloj y apenas se dio cuenta de que ya pasaban de las diez de la noche.
El tiempo se le había pasado volando sin que lo notara.
—Ve a descansar —le indicó Dorian—. Si ocupas algo, llámame a la hora que sea o mándame un mensaje.
Amelia asintió.

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