Dorian recibió la llamada de Cristina mientras iba en camino. Al llegar a la puerta, se encontró de frente con Amelia, que justo en ese momento estaba despidiendo a Pedro.
El sujeto era de apariencia pulcra y piel clara. Usaba unos lentes de armazón delgado que le daban un aire intelectual y sofisticado, y daba la impresión de tener una relación bastante cercana con ella.
Dorian clavó la mirada en él por un momento antes de voltear hacia Amelia.
Ella tampoco se esperaba verlo ahí, por lo que se quedó un poco pasmada. Luego lo saludó:
—Ya llegaste.
Entonces se dirigió a su compañero.
—Pedro, discúlpame, ya no te acompaño hasta la calle. En la noche, ya que tenga las modificaciones listas, te mando el documento.
—Claro que sí, tú también descansa un poco —asintió Pedro, a modo de sugerencia.
Antes de irse, le lanzó a Dorian una mirada que parecía tanto disimulada como intencional, pero prefirió guardarse las dudas. Se despidió de Amelia y emprendió la marcha.
Dorian y Amelia entraron juntos a la casa.
—¿Y ese quién es? —preguntó Dorian, sin perder la calma.
—Es de nuestro equipo del proyecto, se llama Pedro —respondió Amelia, mientras caminaba hacia el escritorio de la sala para juntar los bocetos que acababa de discutir con él.
Dorian le echó un vistazo a los papeles regados; todos eran planos con infinidad de apuntes y correcciones.
—¿Conviven muy seguido? —quiso saber Dorian.
—Pues sí, ambos estamos haciendo el proyecto con nuestro asesor, somos compañeros de trabajo, digamos —contestó Amelia en voz baja, con la vista fija en los papeles que estaba arreglando—. Él también vive en esta misma zona residencial, así que de repente, para que sea más práctico, nos vemos para platicar de los avances.
Aunque en realidad eran contadas las veces que iba a su casa.
A ella no le agradaba mucho meter hombres a su domicilio. Lo normal era verse en las oficinas del proyecto o hacer una videollamada.
Ese día había sido una excepción enorme debido a que se sentía mal y a que les urgía entregar el proyecto, de ahí que Pedro hubiera acudido personalmente.
Dorian no le quitaba los ojos de encima para tratar de leer sus expresiones.
Su rostro lucía sumamente tranquilo, pues toda su concentración estaba en el manojo de papeles.
—¿Tiene novia? —preguntó de pronto Dorian.
—¿Cómo dices? —Amelia levantó la cabeza, confundida.
Dorian no inmutó un solo músculo de la cara.
—Sí, acabo de mandar el correo.
Dorian volvió a asentir.
—Voy a calentarte la cena para que comas algo más.
—Me parece bien —accedió ella.
Salió del cuarto detrás de él. El hecho de haberlo dejado esperando en la sala durante tres horas ya la hacía sentir mal, y ahora que le quería calentar su propia comida, el remordimiento la atacó de golpe. Dio un paso para quitarle la charola de las manos, pero él se resistió.
—Hay mucha grasa en el ambiente de la cocina, mejor vete a sentar allá afuera —le indicó Dorian.
Lo dijo sin alterar la voz, pero con un matiz imponente que hizo que ella no tuviera valor para insistir. Se limitó a asentir con la cabeza.
—Está bien.
En poco tiempo, él salió con la comida ya caliente. Mientras le volvía a servir caldo, aprovechó para hacerle plática.
—Me comentó Cristina que en la mañana tuviste ascos, ¿es cierto?
—Tampoco fue para tanto —mencionó Amelia, aún incómoda al tener que discutir aquellos detalles—. Sentí que se me revolvía un poquito el estómago, eso es todo. Cristina me dijo que era muy normal y que no había por qué espantarse.

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