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Mi Frío Exmarido (Amelia y Dorian) romance Capítulo 1695

—¿Y ahorita cómo estás? —preguntó Dorian—. ¿Todavía te sientes mal?

Amelia negó con la cabeza.

—No, ya pasó. Supongo que fue solo el malestar de haberme levantado en la mañana.

Dorian asintió y colocó el plato con caldo caliente frente a ella.

—Empieza con esto.

—Gracias —dijo Amelia suavemente.

Tomó el tazón y comenzó a beber a sorbitos.

Tal vez se debía a la gran cantidad de años que llevaban sin verse o a que, cuando tomaron rumbos distintos, ninguno se despidió. Sea como fuere, ella siempre terminaba mostrándose demasiado rígida en su presencia.

O probablemente solo se debía al fuerte sentimiento que sentía por él.

Si Dorian permanecía en silencio, a ella no le surgían temas de conversación, por lo que solo se dedicaba a tomar su caldo con la mirada baja. No obstante, en el fondo, disfrutaba de esas ocasiones en las que él estaba cerca para hacerle compañía. Por mucho que faltaran palabras en el aire, tenerlo sentado del lado opuesto de la mesa hacía que el corazón le latiera acelerado en el pecho.

—¿Siempre tienes tanto trabajo? —preguntó de pronto Dorian, irrumpiendo en sus pensamientos con un tono sereno.

Amelia lo miró directamente a los ojos.

—Depende mucho. Cuando el proyecto nos come el tiempo sí tenemos que trabajar bajo mucha presión, pero hay días más relajados.

—Oye, tu compañero... —Dorian guardó silencio por un segundo—. ¿Siempre ha estado en tu equipo?

Amelia asintió.

—Sí. Tenemos al mismo asesor, así que él es el encargado de dirigirnos a los dos para hacer los trabajos en equipo.

—¿De cuántos es el grupo? —quiso saber Dorian.

—Eso igual varía. Antes el grupo era de cinco personas, a veces de cuatro. Ahora nuestro asesor nos deja más proyectos pequeños para ver si podemos con la carga nosotros solos, por eso el equipo es de dos nada más. Yo hago todos los bocetos y Pedro se encarga de hablar con los clientes.

Dorian frunció ligeramente el ceño.

Amelia dejó de comer y se le quedó viendo de reojo, bastante intrigada.

—No creo que haya nada más qué pensar. —Aprovechando que aún le quedaba algo de sensatez en el cuerpo, Amelia prefirió soltar las palabras antes de que se arrepintiera—. Creo que todavía soy demasiado joven.

Los largos dedos de Dorian se cerraron con algo de fuerza alrededor de la cuchara que sostenía; no pronunció ninguna palabra, sino que la fulminó con la mirada.

—Estaba pensando... —Amelia se mordió el labio y levantó la vista para mirarlo—. Voy a interrumpir el embarazo. De verdad perdóname.

Dorian continuó observándola en silencio; aunque su semblante seguía imperturbable, sus ojos oscuros parecieron oscurecerse aún más, adquiriendo un filo intimidante.

Amelia no pudo notar los detalles, porque no se atrevía siquiera a verle la cara.

Se suponía que ella era quien tenía la última palabra, y aun así, haber soltado la bomba hizo que un sentimiento de culpabilidad se instaurara en su interior.

Sumado a la culpa, experimentó una mezcla agobiante de desasosiego y de profunda tristeza. Era todo un huracán de sentimientos que no lograba acomodar en su mente.

Sin embargo, desde el preciso momento en el que formuló la oración, no había sentido un ápice del tan ansiado alivio de tomar una decisión. En su lugar, solo reinaba una congoja pura y cruda. Todo aquello incluso le quitó el apetito que tanto le había costado despertar.

Dorian se quedó mudo un buen rato, tanto que Amelia creyó que se negaría a hablarle por el resto de la noche. Cuando por fin se dignó a dirigirle la palabra, el timbre de su voz sonó helado:

—¿Cuándo lo vas a hacer? Te acompaño al hospital.

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