—No hace falta, puedo ir yo sola —rechazó Amelia, pues todavía no se acostumbraba a que él la acompañara.
Dorian pareció no escuchar su negativa.
—¿A qué hora? —preguntó; su voz tenía un leve toque de imposición.
Amelia no pudo evitar mirarlo.
Dorian la observaba en silencio. Aunque sus ojos oscuros se veían tranquilos, la mirada le provocó un ligero escalofrío.
—Mañana por la tarde —respondió Amelia en voz baja—. Todavía no agendo la cita.
—Avísame a qué hora es en cuanto la tengas —indicó Dorian.
—Está bien —asintió Amelia.
No se atrevió a decir nada más.
El ambiente en el comedor se había vuelto tenso sin que se dieran cuenta, oprimiendo a Amelia hasta el punto de que apenas se atrevía a respirar con normalidad.
Dorian la miró, soltó un ligero suspiro y se levantó.
—Voy al baño.
Cuando la puerta del baño se cerró, Amelia también dejó escapar un suspiro de alivio, pero ya había perdido el apetito. Se quedó mirando un rato los platos casi intactos sobre la mesa y luego se levantó para recoger.
Aún no levantaba el primer plato cuando una mano se extendió desde atrás y se lo quitó.
—Yo lo hago —resonó la voz tranquila de Dorian a sus espaldas.
—Yo puedo hacerlo —Amelia intentó recuperarlo—. Me pones mucha presión si haces esto. De verdad... lo siento mucho.
—No tienes por qué disculparte —le dijo Dorian—. El que debería pedir perdón soy yo.
Tomó los platos que ella tenía en las manos con agilidad, los dejó en el fregadero, se lavó las manos y luego se volvió para mirarla.
—Tampoco necesitas sentir ninguna carga emocional. Solo sigue lo que te dicte el corazón.
—Está bien —asintió Amelia.
—Debes estar cansada, ve a descansar temprano —añadió Dorian—. Cuando tengas la cita, mándame la información y pasaré a recogerte.
—De acuerdo.
Dorian no añadió mucho más. Se despidió, le dio un par de recomendaciones y se fue.
Amelia se preparó para dormir, pero una vez acostada, no lograba conciliar el sueño.

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