Al día siguiente.
Ulises se lavó la cara y los dientes a toda prisa y bajó las escaleras corriendo. Tenía mucha hambre y se le antojaba el caldo especial que preparaba su mamá.
Pero al llegar abajo, encontró la mesa del comedor vacía. Corrió a la cocina, pero también estaba desierta; no había rastro de esa figura familiar.
Se volvió hacia Cristian y preguntó:
—Papá, ¿mamá no se ha despertado? ¿Cómo se le olvidó levantarse a hacernos el desayuno? Tengo mucha hambre, quiero mi caldo.
—No vino a casa.
Para ser exactos, volvió y se mudó.
Cristian se había dado cuenta anoche al entrar en la habitación principal: el vestidor estaba medio vacío. No había leído el mensaje de Nerea ni sabía que quería el divorcio; solo pensó que era otra táctica para llamar su atención.
A Cristian no le importaba ni le preocupaba. Irse era fácil para Nerea, pero regresar... eso sería imposible.
Ulises se sobó la barriga y puso cara de sufrimiento:
—Papá, tengo hambre. Quiero el caldo de mamá.
Cristian tomó la pequeña mochila del niño y le dio unas palmaditas en la cabeza.
—Vámonos, comeremos fuera.
En un restaurante de lujo.
Ulises tiró la cuchara y, haciendo un puchero, se quejó:
—No me gusta. Esta sopa no sabe a nada, no está tan rica como la de mamá.
Cristian, que tenía poca paciencia para consolar niños, empujó el plato con un sándwich hacia él.
—Entonces cómete el sándwich.
Cristian tomó un sorbo de su café y frunció el ceño ligeramente. El sabor, en efecto, no era tan rico y aromático como el que preparaba Nerea; le faltaba esa textura suave. Pero no dijo nada, simplemente apartó la taza y no volvió a tocarla. Mordió un par de veces el sándwich y también lo dejó.
De pronto entendió el berrinche de Ulises; la comida no sabía tan bien como la de Nerea. Al menos cocinando, ella era buena.
Padre e hijo tuvieron un desayuno que parecía lujoso pero que no los llenó. Al subir al coche, Ulises usó su reloj inteligente para llamar a Nerea.
En ese momento, Nerea le estaba preparando el desayuno a su amiga Emilia y dejó el celular en la recámara, así que no escuchó el timbre.
Ulises llamó tres veces seguidas, pero Nerea no contestó. De repente sintió pánico al recordar que ese día en la escuela no la había llamado «mamá».
Mamá seguro estaba enojada con él.
¿Por qué era tan rencorosa? Solo fue una vez que no la llamó, tampoco era para tanto. Además, ¿quién le mandaba no saber hacer nada? La mamá de Bea era una gran estrella, la mamá de Álvaro era dueña de una empresa, la mamá de Ainhoa era ingeniera... Ella no sabía hacer nada. Él no podía decirles a sus compañeros que el talento de su mamá era cocinar.
Todos pensarían que su mamá era una cocinera.
—¡Hmph! ¡Si no me contesta, la próxima vez yo tampoco le contestaré a ella!

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Mi hijo eligió otra mamá, y yo elegí mi imperio