Un caddie intentó tomar los palos de Nerea, pero ella señaló a la chica de hace un momento. —Tú.
La chica se sorprendió y abrazó el equipo de Nerea con entusiasmo. —Hola, distinguida clienta, me llamo Romina.
Nerea le hizo un gesto para que se relajara. —No seas tan formal, dime Nere.
Ya en el campo, sobre el pasto verde, empezó la partida.
—Oigan, ¿le ponemos emoción? —Fabián aplaudió y empezó a buscar problemas—. El clima está perfecto, una pequeña apuesta para animar el ambiente. ¿Qué dicen?
Fabián miró directamente a Nerea. —Nerea, ¿te atreves?
Fabián todavía le guardaba rencor por el dinero que perdió en el yate y quería recuperarlo. ¡Hoy era el día de su venganza!
Nerea captó sus intenciones al vuelo y le pasó su agua a Romina. —¿Qué pasa, Señor Álvarez? ¿Otra vez quieres regalarme dinero?
Fabián la señaló desafiante. —No seas presumida. ¿Le entras o no?
Nerea respondió despreocupada: —Me parece bien. Si ganas, te devuelvo tus 190 millones. Si pierdes, me das otros 190 millones. ¿Te atreves, Señor Álvarez?
Fabián soltó una risa burlona. —Escuché que los Galarza andan urgidos vendiendo plazas comerciales. ¿Tan pobres están ya?
—¿Apostamos o no? —Nerea lo miraba sonriendo.
Fabián, picado en su orgullo, aceptó. No creía que ella también fuera buena en el golf.
Él confiaba en su habilidad. —¡Va! ¡A ver quién gana!
Los caddies, que ya estaban curtidos de ver ricos apostar, nunca habían visto una jugada tan grande.
¿190 millones de pesos así como si nada?
Los caddies estaban vueltos locos; con una apuesta así, la propina iba a estar buenísima, ganara quien ganara.
Ulises se movía inquieto en su silla. Cristian lo miró. —¿Qué pasa?
Ulises estaba todo desanimado. No sabía de dónde sacaba su mamá tanta confianza para apostar con el Señor Álvarez.
Aunque el Señor Álvarez no era un experto, su mamá nunca había jugado golf.
¡Iba a perder seguro!
Todos iban a saber que su mamá era una presumida sin talento.
¡Qué vergüenza!
Ulises suplicó: —Mamá va a perder. Papá, ¿puedes decirle al Señor Álvarez que no juegue con mamá?
—A ellos no los puedo controlar —dijo Cristian revolviéndole el pelo—. Solo te puedo controlar a ti.
Aunque los clientes eran ricos, normalmente daban buenas propinas solo si hacían un hoyo en uno, y solían ser de unos cuantos miles. Una jornada normal dejaba 20 o 30 mil como mucho.
Claro, a menos que tuvieran algún "trato especial" con el cliente.
Romina estaba pasmada. Nerea sonrió y le pellizcó suavemente la mejilla. —No escuchaste mal. 100 mil para ti y 20 mil para los demás.
Los otros caddies sentían envidia, pero agradecieron profusamente a Nerea, deseándole mil bendiciones.
Fabián estaba que echaba humo. ¡Presumiendo con su dinero!
No se resignaba y juró recuperar su dinero y su orgullo.
Miró a Liam, que estaba a su lado. —Oye, Liam, ¿verdad que...?
—No —lo cortó Liam fríamente antes de que terminara.
Fabián miró a Cristian. Cristian arqueó una ceja. —¿Qué? Yo acabo de poner el dinero.
Fabián hizo berrinche. —No me importa, son mis hermanos. Si me están bulleando, ¿no me van a defender?
—Para que aprendas. A ver si así dejas de apostar a lo loco —dijo Liam mientras le pasaba un cigarro a Cristian.
Cristian pensaba lo mismo. Se puso el cigarro en la boca. —Estoy fumando, no estoy disponible.

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