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Mi hijo eligió otra mamá, y yo elegí mi imperio romance Capítulo 147

Los Echeverría estaban sudando frío, tensos. Nunca habían visto a un amateur llevar a Isabel hasta el último hoyo.

Álvaro, cambiando su preocupación anterior por presunción, bebía su refresco con gusto. —Se quedaron pasmados, ¿verdad? Creían que mi Nere era un panecito fácil de comer, pero les salió duro. Van a perder.

Lorenzo lo miró molesto. —¿Ya lo sabías?

Álvaro sabía que Nerea jugaba muy bien. Su preocupación y enojo anteriores habían sido pura actuación para los Echeverría, esperando este momento.

Él también sabía actuar.

Álvaro dijo en voz alta y orgullosa: —Soy su papá, claro que lo sé. Mi Nere es tan talentosa que el entrenador de la Selección Nacional vino varias veces a invitarla, pero a ella no le interesaba. Si no, tendría la casa llena de medallas.

Fabián le susurró a Cristian: —Cris, ¿tú sabías?

Cristian negó levemente con la cabeza sin dejar de mirar a Nerea. Ni siquiera sabía que jugaba golf, mucho menos que lo hiciera tan bien.

Estaba realmente sorprendido.

Parecía que desde que Nerea pidió el divorcio, no dejaba de sorprenderlo.

Era la primera vez que sentía que no la conocía del todo.

No, estrictamente hablando, nunca la había mirado bien antes. Nunca le había prestado verdadera atención.

Ahora que se iban a divorciar, resultaba ser una mujer fascinante con muchas habilidades ocultas.

La Nerea de ahora lo tenía impresionado.

Si no estuvieran en esa situación, tal vez podrían haber sido dignos rivales y amigos.

—¿Quién crees que gane? —susurró Fabián.

Al principio estaba seguro de que ganaría Isabel, pero ahora dudaba.

Nerea tenía una técnica depurada, una mentalidad de acero y una puntería temible. Qué mujer tan aterradora.

Cristian negó con la cabeza, no dijo nada. En cuanto a técnica, estaban iguales.

Pero en cuanto a fortaleza mental...

Isabel acomodaba el palo una y otra vez, ajustando su postura. Se notaba ansiosa; le importaba demasiado ese último hoyo.

Finalmente, Isabel hizo su tiro.

La bola blanca dibujó una parábola perfecta, voló sobre la trampa de arena y aterrizó cerca del hoyo.

La bola rodó lentamente hacia el agujero.

Todos contuvieron la respiración. Un poquito más y entraba.

¡Un hoyo en uno!

Si entraba, Isabel ganaba.

Lástima. La bola se detuvo a unos centímetros del hoyo.

Isabel suspiró por dentro, decepcionada.

Pero era un tiro excelente, considerando que la calle estaba llena de trampas de arena y agua. Cualquier error la habría desviado.

Hubo aplausos y vítores. Isabel levantó la barbilla y sonrió levemente.

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