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Mi hijo eligió otra mamá, y yo elegí mi imperio romance Capítulo 211

—Elige tú: ¿una cachetada para ti o para tu hijo?

En el instante en que Felicia terminó la frase, el hombre levantó a Ulises del suelo y alzó la mano en el aire.

Se escuchó el sonido seco de un golpe.

Nerea no lo dudó ni un segundo y se dio una bofetada a sí misma con fuerza.

Felicia aplaudió con elegancia.

—Espléndido. Vidal, te toca.

El hombre descargó su mano sobre el rostro de Ulises.

Ulises rompió en llanto al instante, mientras su mejilla comenzaba a hincharse rápidamente.

—¡Felicia! —gritó Nerea, con la furia a punto de estallar—. ¡Es solo un niño!

—¿Y eso qué? —Felicia miró a Nerea con una sonrisa—. Soy la villana de la historia, ¿no? Jajajaja...

Ulises lloraba desconsolado.

—Mamá, me duele... Mamá, sálvame... buaa...

Nerea apretó los puños, temblando de rabia, y dijo entre dientes:

—Deja ir a Ulises y haz conmigo lo que quieras.

Felicia observó la ira de Nerea con deleite; sus ojos rebosaban de una alegría perversa.

—Sigue soñando. ¡Hoy, tú y Ulises se mueren!

En ese preciso momento, la voz de Cristian sonó en el auricular de Nerea:

—Suficiente, ya rastreé la IP.

Inmediatamente después, se escuchó a Leonardo:

—Estamos en posición. Atacamos en tres segundos. Cuídate. Tres, dos, uno.

Justo al terminar la cuenta.

Sonó un disparo y Nerea se movió al mismo tiempo.

La bala impactó justo en el entrecejo del hombre. Ulises se quedó petrificado del susto.

Nerea lo atrapó y lo abrazó con fuerza.

—No pasa nada, no mires.

—¡Mamá! —Ulises volvió a llorar, aferrándose al cuello de Nerea con todas sus fuerzas.

Sin embargo, Nerea vio el control remoto en la mano del hombre muerto. Una luz roja parpadeaba acompañada de un pitido que se hacía cada vez más fuerte y rápido, como la cuenta regresiva de la muerte.

¡Solo quedaba un minuto!

—¡Hay una bomba! —gritó Nerea con urgencia—. ¡Queda un minuto, no entren!

—Ya te envié el plano 3D del edificio —la voz de Leonardo era rápida pero mantenía la calma—. Sigue la línea roja. No tengas miedo.

—Entendido. —Nerea tocó el marco de sus lentes y ante sus ojos apareció el esquema tridimensional del lugar.

Siguió la línea roja hasta el borde de la estructura. La línea indicaba una caída vertical; tenía que saltar directamente desde el octavo piso.

A un lado había un andamio de acero de cuando construyeron el edificio, pero gran parte estaba oxidado por la intemperie. No sabía si aguantaría el peso.

Sin tiempo para dudar, envolvió a Ulises con su abrigo y lo ató firmemente a su espalda.

—Abrázate fuerte al cuello de mamá y no te sueltes.

Nerea retrocedió unos pasos, tomó impulso y saltó.

Ulises abrió los ojos como platos, tan aterrorizado que no pudo emitir ningún sonido.

Solo cuando Nerea se aferró con ambas manos a la estructura de acero y quedaron colgando en el aire, el niño soltó un grito agudo.

El metal crujió peligrosamente bajo su peso.

Nerea contaba mentalmente. Ya habían pasado 20 segundos.

Sin pensarlo, se soltó y cayeron en vertical, sintiendo el golpe del viento frío.

Nerea cayó y fue recibida por los brazos de los soldados, amortiguando el impacto perfectamente.

Fue como esos ejercicios de confianza en los entrenamientos.

Los hombres desataron a Ulises rápidamente.

Leonardo saltó directamente desde la altura del segundo piso, rodó por el suelo para amortiguar la caída y se detuvo junto a Nerea. Sin perder tiempo, la cargó sobre su hombro y echó a correr.

Sus movimientos eran precisos y veloces, como un guepardo en plena carrera.

Nerea no opuso resistencia; estaba completamente exhausta, sin una gota de fuerza.

Diez segundos después, un estruendo ensordecedor sacudió el lugar. la bomba detonó y el edificio colapsó.

La policía acordonó la zona rápidamente. Nerea y Ulises fueron llevados en ambulancia, mientras Leonardo se quedaba para colaborar con la investigación.

Ulises estaba en estado de shock; incluso en la ambulancia se negaba a soltar a Nerea.

Leonardo ya le había acomodado el brazo a Nerea antes de subir. Ella abrazó suavemente al niño con el brazo sano.

—Ya pasó, no tengas miedo.

Cuando llegaron al hospital para ser revisados, Cristian apareció apresurado.

—¿Está fuera del país? —preguntó Nerea.

Cristian asintió.

—En San Robledo.

—¿Tienes la ubicación exacta?

Antes de que Cristian respondiera, ella añadió:

—No me digas que no, o voy a pensar que eres un incompetente.

Cristian esbozó una media sonrisa.

—Entonces no tendrás oportunidad de pensarlo.

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