—¿Ya atraparon a Felicia?
Cristian frunció el ceño.
Nerea tuvo un mal presentimiento.
—¿La ubicación que encontraste estaba mal?
—¿Crees que eso es posible? —dijo Cristian con voz grave—. Se escapó.
—¿Qué?
Cristian no conocía los detalles, solo sabía que al parecer Felicia recibió un aviso y huyó a toda prisa.
—¿Recibió un aviso? ¡¿Hubo una filtración?!
Era obvio. Al ser un operativo conjunto, no sabían si el soplón estaba del lado mexicano o si la policía de San Robledo estaba coludida con los criminales.
Sin embargo, en México ya habían iniciado una investigación interna. Incluso revisaron las comunicaciones y cuentas de Cristian.
Por el momento, él estaba limpio de sospechas.
Si Nerea quería saber más, tendría que preguntarle a Leonardo.
—Por cierto, ¿ya pensaste lo del divorcio?
En el cumpleaños de Ulises, Cristian había ofrecido darle a Nerea la mitad de su fortuna, pero ella solo podía quedarse con 30 mil millones de pesos; el resto iría a un fideicomiso para Ulises.
Nerea lo había consultado con Emilia González.
Si no aceptaba, tendría que seguir con el litigio. Cristian seguramente se prepararía y el resultado final podría ser similar.
El juicio de divorcio no sería hasta después de Año Nuevo. En lugar de alargar la agonía, era mejor firmar el acuerdo y resolverlo antes de que acabara el año.
Año nuevo, vida nueva.
Y sobre el dinero, mientras no cayera en manos de Isabel y fuera para Ulises, ella podía aceptarlo.
Lo tomaría como la pensión alimenticia del niño.
—Está bien, acepto. —Al decir esas palabras, Nerea sintió que un peso enorme se levantaba de sus hombros.
Era libre.
Cristian le entregó el acuerdo de divorcio firmado.
Nerea le tomó una foto y se la envió a Emilia.
Emilia le dio el visto bueno y Nerea firmó con su nombre sin dudarlo.
Con eso, ella y Cristian ya no tenían nada que ver.
Nerea no pudo evitar sentir cierta nostalgia.
Aquella Nerea que se entregó al amor como una polilla al fuego... ¡adiós para siempre!
Miró la hora. Viernes, diez de la mañana.
No había tiempo que perder. Podían ir de una vez al Registro Civil para meter la solicitud de divorcio.
En cuanto a los documentos necesarios, Emilia tenía la contraseña de su casa y sabía dónde estaban. Le pidió que se los llevara y se verían directamente en el Registro Civil.
Registro Civil.
La funcionaria revisó los documentos de ambos, confirmó la información básica y preguntó:
—¿Están seguros de que quieren divorciarse?
—Segura —respondió Nerea con firmeza.
Cristian asintió.
La mujer preguntó sobre la custodia, la división de bienes y deudas.
Nerea alzó una ceja, sorprendida.
—¿No te encantaban antes?
—Yo... —Ulises bajó la cabeza—. Perdón, mamá, no fui un buen niño, no te hice caso. Una vez, la señora mala me dio muchos dulces y me dolieron los dientes. El doctor dijo que si seguía comiendo dulces, mis dientes se llenarían de gusanitos y se caerían todos.
Nerea no tenía idea de eso. Miró a Cristian con frialdad.
—¿Así es como cuidas a tu hijo? Sabías que tenía los dientes mal, ¿y aun así dejaste que Isabel le diera dulces?
Cristian defendió a Isabel por instinto.
—Ella solo vio que a Ulises le gustaban.
—¿Que le gustaban? —Nerea soltó una risa seca—. Si a tu hijo le gusta matar gente en el futuro, ¿ella le va a pasar el cuchillo?
Cristian frunció el ceño.
—No saques las cosas de contexto.
—Tú sabes bien de qué hablo. Ulises se queda contigo, así que procura que no tenga contacto con Isabel. Si te llegas a casar con ella, mándalo a un internado.
—Mamá, yo quiero ir contigo. —Ulises se aferró a Nerea—. Prometiste llevarme a casa, mamá.
Nerea no le dio más explicaciones, le acarició la cabeza y dijo:
—Vamos a casa.
Al saber que Nerea había solicitado el divorcio, Álvaro Encinas de Galarza preparó un banquete para celebrar.
Emilia también se quedó a comer con la familia Galarza.
Doña Belén le sirvió una pierna de pollo enorme.
—Emilia, anda, come más carne. Mírate nada más, estás en los huesos, un aire te va a llevar volando.

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