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Mi hijo eligió otra mamá, y yo elegí mi imperio romance Capítulo 216

Emilio gritó emocionado: —¡Cuando sea grande quiero ser igual de increíble que Leo!

Ulises lo siguió: —¡Yo también! ¡Y también quiero ser igual de increíble que mi mamá!

Entre los dos niños pesaban ya como cincuenta kilos. Cargarlos un momento estaba bien, pero el espectáculo de fuegos artificiales duraba media hora.

Jaime llevaba un buen rato buscando estacionamiento y todavía no se había reunido con ellos.

Nerea dijo: —Leo, ya no aguanto, pásame a Ulises.

—Sabes que un hombre nunca puede decir que no aguanta, ¿verdad?

Nerea se quedó sin palabras.

—¿O ya olvidaste aquel día que te cargué en el hombro y corrí más rápido que todos?

Esa extraña autoestima masculina hizo reír a Nerea. —Perdón, entonces te lo encargo, Leo.

—Diez, nueve, ocho... —en la plaza resonó el conteo regresivo al unísono.

En el momento en que la cuenta llegó a cero, los fuegos artificiales estallaron iluminando el cielo nocturno.

Emilia jaló la mano de Nerea y gritó: —¡Rápido, rápido, pidan su deseo de Año Nuevo!

Nerea y los dos niños imitaron a Emilia, cerrando los ojos para pedir un deseo.

Leonardo miró abiertamente a Nerea, que estaba a su lado.

En ese instante, dejó de ocultar lo que sentía. La mirada con la que observaba a Nerea era intensa y profunda, con una emoción llamada «amor» desbordándose en sus ojos.

Cuando Nerea abrió los ojos, Leonardo le sonrió y dijo: —Nere, me gustas.

El estruendo de los fuegos artificiales ahogó la voz de Leonardo. Nerea preguntó en voz alta: —¿Qué dijiste?

Leonardo se inclinó hacia su oído, su nuez de Adán moviéndose ligeramente, y con una voz grave y magnética dijo: —¡Nere, feliz Año Nuevo!

Las orejas de Nerea se calentaron un poco. Disimuladamente puso un poco de distancia y le sonrió: —¡Feliz Año Nuevo, Leo!

***

El primer día del año, en la Iglesia del Buen Pastor.

La abuela de la familia Galarza y Doña Salomé habían quedado de acuerdo para ir juntas a encender veladoras y rezar.

La generación mayor siempre guardaba un profundo respeto por lo divino.

Doña Belén creía que las constantes hospitalizaciones y heridas de Nerea el año pasado se debían a que no había ido a la iglesia el primer día del año anterior a pedir protección divina.

Por eso, este año toda la familia Galarza acudió a la Iglesia del Buen Pastor a poner sus veladoras, rogando por un año nuevo lleno de paz y salud.

Lo que no esperaban era encontrarse con los Echeverría en la misma iglesia.

Al salir después de dejar las ofrendas, Nerea vio el coche de Isabel. La última vez, en la cena de beneficencia, le había echado un ojo en el estacionamiento y memorizó la placa.

Nerea les preguntó a las dos ancianas: —¿Quieren desahogarse un poco?

Las dos señoras asintieron repetidamente. Si no sacaban ese coraje hoy, no tendrían paz en todo el año.

Además, a su edad, cada día vivido era ganancia, ¿para qué guardarse las ganas?

Nerea le pidió a Estefanía que se llevara a los niños primero; no podían dejar que vieran lo que iban a hacer.

Luego señaló el coche de Isabel. —Ahí está, el coche de la amante.

Al ver que Doña Belén iba a quitarse la horquilla de nuevo, Leonardo le extendió una navaja suiza. —Abuela, usa esto. Tiene más filo, te cansarás menos.

Nerea miró a Leonardo con asombro.

Leonardo la miró divertido. —¿Por qué esa cara? ¿Creías que mi nivel moral era muy alto?

Nerea soltó una carcajada.

Cuando los Echeverría salieron de la iglesia, las cuatro llantas del coche de Isabel estaban ponchadas y en la carrocería habían rayado con fuerza una palabra: ZORRA.

Muchos feligreses murmuraban frente al coche, mirando a Isabel de manera extraña.

Isabel temblaba de rabia. —¡Nerea!

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