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Mi hijo eligió otra mamá, y yo elegí mi imperio romance Capítulo 233

—¡Suéltenla! ¡Déjenla en paz! —Rodrigo tenía los ojos inyectados de sangre, rugiendo y luchando con todas sus fuerzas.

Pero lo único que consiguió fue una lluvia de patadas y puñetazos más violentos.

—¡Quédate quieto, cabrón! Si tanto te gusta lamer zapatos, ¡al rato te damos gusto a ti también!

La cara de Nerea estaba a milímetros del zapato de Pedro.

¡Ya casi!

Nerea apretó los dientes con tanta fuerza que le dolía la mandíbula, tensando cada músculo de su cuerpo para resistirse.

—¡Bájenla más! —ordenó Pedro.

—¡No! —gritó Rodrigo, desesperado.

La sonrisa de Isabel se ensanchó. Todo el asco y el rencor que había acumulado desde el inicio del año por fin estaban encontrando salida.

El guardia jaló el cabello de Nerea con fuerza hacia abajo.

Nerea sentía que se le iban a romper los dientes, aguantando con su último aliento, negándose a ceder.

Pedro enfureció:

—¡Con fuerza, inútiles! ¿No desayunaron o qué?

Y justo en ese momento...

Se escuchó un estruendo de vidrios rotos.

Una figura se dejó caer desde el segundo piso entre cristales rotos y aterrizó junto a Pedro y los suyos con una precisión impecable.

Pedro no tuvo tiempo ni de reaccionar cuando un puñetazo lo mandó a volar.

—¡Señor!

Los demás se lanzaron al ataque, pero el recién llegado era rápido y brutal. En un abrir y cerrar de ojos, los hombres de La Cofradía estaban en el suelo, gimiendo de dolor.

Nicolás se dio la vuelta y ayudó a Nerea a levantarse, con la mirada llena de culpa y angustia.

—Perdón por llegar tarde.

En realidad, llevaba rato en el bar, en un reservado del tercer piso. Había visto cómo acosaban a Nerea, pero como estaba en una misión encubierta, no se había atrevido a intervenir antes.

—No te disculpes, llegaste justo a tiempo.

No lo decía por compromiso; hablaba en serio. Nerea estaba realmente agradecida. Si no fuera por él, en ese momento ella estaría...

Nerea sacudió la cabeza. No tenía caso perder el tiempo pensando en lo que no pasó.

Volteó la mirada hacia Isabel, que seguía en su lugar.

La sonrisa de Isabel se había borrado. Estaba pálida y sus pupilas temblaban; estaba asustada.

Nerea esbozó una sonrisa con los labios manchados de sangre y caminó hacia ella, mirándola desde arriba.

Isabel apretó los puños y levantó la barbilla, desafiante.

—¿Qué vas a hacer?

Nerea levantó la mano y la dejó caer con fuerza.

*¡Paf!*

—Esto voy a hacer.

La mitad de la cara de Isabel se hinchó al instante y un hilo de sangre brotó de su boca. Miró a Nerea con incredulidad.

—Si te duele, puedes pellizcarme o morderme. Yo aguanto.

—Estoy bien. —Nerea tenía un umbral de dolor alto. Miró a Nicolás—. Capitán Cabrera, ¿qué hacía en el bar? ¿Está de vacaciones?

—Vine por el caso de la hermana de un compañero de armas...

La hermana de su compañero había ido a ese mismo bar a celebrar un cumpleaños con tres amigas. Las drogaron, abusaron de ellas y todas aparecieron muertas en un hotel. El dictamen oficial fue sobredosis.

El caso se cerró de forma sospechosa.

Los padres de la chica no lo aceptaron y llamaron a Nicolás. Él trajo a su equipo para investigar.

La seguridad del bar era estricta y no encontraban brechas. Hasta que Nerea atrajo a casi todo el personal de seguridad a la pelea.

Gracias a eso, sus hombres pudieron colarse al sótano y recolectar evidencia crucial.

Ya en la estación de policía.

Ver a Cristian allí no sorprendió a Nerea.

Isabel también había sido llevada a la comisaría.

—Cris.

Cristian caminó a grandes zancadas hacia Isabel. Al ver su cara hinchada, preguntó con preocupación:

—¿Qué pasó? ¿Quién te golpeó?

Nerea pasó junto a ellos en ese momento, y la mirada de Isabel recayó sobre ella.

Cristian siguió la mirada y preguntó:

—Nerea, ¿fuiste tú?

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