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Mi hijo eligió otra mamá, y yo elegí mi imperio romance Capítulo 627

Solo con escuchar el sonido del agua caer, el corazón de Leonardo se llenó de un calor extraño y abrasador.

Se dio una cachetada mentalmente, insultándose a sí mismo por ser un animal. Nere confiaba en él, ¿cómo podía traicionar esa confianza? ¿Cómo podía tener pensamientos impuros?

Pero a veces el cerebro tiene vida propia; sus pensamientos estaban fuera de control, inevitablemente atraídos por el sonido del agua.

En ese momento, Leonardo se sentía dividido en dos. Uno intentaba reprimir con todas sus fuerzas los instintos más primitivos del hombre. El otro luchaba desesperadamente por romper las cadenas y hacer lo que le viniera en gana.

—Leo, ¿puedes echarme un poco más de agua? —llegó la voz de Nerea.

—Claro, espérame —respondió él con la voz ronca.

Regresó a grandes zancadas a la cueva y sacó cinco tubos de bambú. Levantó una esquina de la hoja de plátano y una suave brisa húmeda, cargada con el aroma del jaboncillo, le golpeó el rostro.

Desde el interior, una mano delgada y blanca se extendió, con algunas gotas cristalinas de agua aún sobre la piel.

Leonardo contuvo la respiración; echó un vistazo y no se atrevió a mirar más. Desvió la mirada y, girando la cabeza, le pasó los tubos de bambú a Nerea.

Durante el intercambio, su mano rozó accidentalmente la de ella. Su corazón dio un salto violento, su garganta se secó y retiró la mano rápidamente, alejándose un buen trecho.

El sonido del agua volvió a escucharse a sus espaldas.

Leonardo se frotó los dedos, sintiendo como si el calor corporal de Nerea aún persistiera en ellos. El canto de los insectos era constante, pero no lograba opacar el latido frenético de su corazón.

Qué suave...

Qué bien olía...

¿Acaso olía así de bien cuando él usaba el jabón para lavar los bambúes?

Nerea terminó de bañarse y se vistió rápidamente. Su ropa interior, por supuesto, no podía cambiarse, así que tuvo que volver a ponérsela. Se puso la ropa de Leonardo, sujetándose los pantalones con cuidado.

Todavía recordaba vívidamente la escena de la última vez, cuando los pantalones de Leonardo se le cayeron nada más ponérselos. Así que esta vez regresó a la cueva sujetando la cintura del pantalón con las manos, y buscó una enredadera para atarla a modo de cinturón.

—Nere, ya lavé tu ropa —se escuchó la voz de Leonardo desde afuera.

Nerea se quedó paralizada.

«¡No puede ser!»

¡Sus calzones también estaban ahí!

Al fin y al cabo, eran prendas íntimas y no era bueno usarlas demasiado tiempo sin lavar. Con el sostén no había mucho que hacer, pero las bragas sí se podían lavar. Sin embargo, como llevaba los pantalones de Leonardo, andar sin ropa interior le resultaba un poco incómodo. Lo había pensado mucho y había hecho acopio de valor antes de decidir quitárselas.

Cuando Nerea salió corriendo de la cueva, vio justo a Leonardo sosteniendo una pequeña prenda interior con su gran mano.

Nerea sintió tanta vergüenza que quiso dar media vuelta y esconderse en la cueva. Se quedó sin palabras.

¿Tenía que ser tan rápido? ¿Tenía que ser tan acomedido?

Su plan original era atarse el cinturón y luego salir a lavar su ropa interior para dejarla secando. Con el calor que hacía y siendo tan poca tela, se secaría sin necesidad de fuego. Pero no esperaba que la iniciativa de Leonardo fuera tan letal.

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