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Mi hijo eligió otra mamá, y yo elegí mi imperio romance Capítulo 235

Al final, ambos firmaron el perdón sin pedir un solo peso.

Al ver esto, el abogado dejó de fingir cortesía y los miró con total desdén, como quien mira a un insecto.

Rodrigo casi se infarta del enojo, pensando: «Maldito perro faldero».

Justo después de firmar, Nerea recibió una llamada de Liam.

Nerea miró de reojo al abogado, que estaba guardando los documentos.

—¿Liam? —dijo Nerea en voz alta a propósito, fingiendo sorpresa—. Es muy tarde, ¿pasó algo?

Al escuchar su nombre, a Liam le dio un vuelco el corazón. Por fin había dejado de llamarlo con el distante «Señor Santillán».

Liam preguntó con urgencia:

—Escuché que te lastimaron. ¿Es grave? ¿Necesitas ayuda con el asunto de los Escobar?

El escándalo del bar había sido grande, no era raro que Liam se hubiera enterado.

Nerea sonrió y dijo:

—Gracias por preocuparte, es solo una herida leve. Los Escobar ya mandaron a su abogado.

Al oír el nombre de Liam, el abogado paró la oreja discretamente y miró a Nerea.

Liam preguntó:

—¿Y qué dicen?

Nerea fingió no notar la mirada del abogado y respondió:

—El Señor Escobar fue muy directo, dijo que pidiéramos lo que quisiéramos. Pero ¿cómo voy a aceptar dinero del Señor Escobar? Acabamos de firmar el perdón.

Todo el mundo sabía qué clase de persona era Marcos Escobar. Liam guardó silencio unos segundos y dijo:

—¿Quieres que hable con Marcos de mi parte?

El perdón legal no era suficiente garantía. Si Liam intervenía, Marcos Escobar tendría que respetar a Liam por la jerarquía de las familias.

Al menos evitaría que Marcos tomara represalias por debajo del agua.

—Si pudieras hablar con el Señor Escobar, sería excelente, pero ¿no es mucha molestia?

—Somos amigos. Tú recupérate, yo te aviso.

Nerea colgó. El abogado cambió de cara instantáneamente.

—Señorita Galarza, ¿usted conoce al Señor Santillán?

Nerea miró al abogado con una sonrisa tranquila.

Si Liam se había enterado, era lógico que Leonardo también lo supiera. Lo sorprendente era que ambos llamaran.

—Es una fisura leve, nada grave.

—Estoy llegando a la comisaría. Yo me encargo de tu caso.

Nerea se quedó muda.

¿Cómo le decía ahora que ya había firmado el perdón?

¡La capacidad de reacción de Leonardo era impresionante!

—Leo, este... la verdad es que ya firmé el perdón.

Leonardo se quedó en silencio. Cuando vio el video de la agresión, se le subió la sangre a la cabeza y manejó hasta la comisaría sin pensarlo dos veces.

A sus treinta años, era la primera vez que actuaba impulsivamente como un adolescente, ciego de ira.

Y todo por ver a Nerea siendo humillada en el suelo.

—Mira, Leo, gracias de verdad —explicó Nerea—. Los Escobar tienen raíces muy profundas en Puerto San Martín, llevan cien años aquí. No conviene hacerlos enemigos. Al final fue solo un incidente menor, no vale la pena una guerra, por eso firmé.

—Está bien, no tienes que explicarme —dijo Leonardo, parado frente a la comisaría, con una mano en el bolsillo apretando una cajetilla de cigarros. Sus ojos alargados eran tan oscuros como la noche—. Los Escobar son un hueso duro de roer, es cierto. Pero tampoco tienes que tenerles miedo. No estás sola. La próxima vez que pase algo, llámame a mí.

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