—Agradéceme comiéndote todo y luego yéndote a dormir.
Por otro lado.
En la Mansión Vega.
Isabel se metió a la cocina y, con la ayuda de Laura, preparó una sopa.
Cristian bajó después de ducharse justo cuando Isabel ponía el plato en la mesa, acompañado de algunas guarniciones ligeras.
Isabel le sonrió con dulzura.
—Ven a comer algo.
—¿Lo hiciste tú? —Cristian se sentó y probó la sopa. Sabía a quemado.
—Es la primera vez que cocino, no soy muy buena. —Isabel lo miró con expectación—. ¿Se puede comer?
Cristian tragó la sopa con sabor a quemado sin cambiar la expresión y asintió.
—Está rica.
—Entonces prueba las guarniciones, le pedí a Laura que me enseñara.
Esos platillos estaban o muy salados, o picantes, o dulces, o ácidos.
Y eso que Laura había intentado arreglar el desastre.
Lo que Isabel había hecho era prácticamente incomible.
Cristian asintió y dijo:
—No están mal.
Isabel sonrió y empujó los platos hacia él.
—Qué bueno. Entonces come mucho, y cuando termines sube a descansar.
Laura, que recogía la cocina en silencio, escuchaba la conversación y negaba con la cabeza.
No sabía si al señor Vega se le había botado la canica o si de plano le gustaba sufrir.
¿Eso era comida para humanos?
Teniendo una esposa tan capaz, prefería a esa amante inútil y melosa.
No servía para nada; cuando entraba a la cocina, solo duplicaba el trabajo de Laura.
—Por cierto, no le hagas caso a lo que dijo Leonardo. En mi corazón, tú eres mi único amor —dijo Cristian tomando la mano de Isabel.
—¡Ay!
—¿Qué pasa?
—Nada, es que me quemé un poco la mano.
—Laura, trae el botiquín.
Laura soltó el trapo, maldiciendo por dentro: «Miserable, cuando la señora se cortó el dedo y sangraba a chorros, ni te inmutaste».
Laura buscó el botiquín, lo dejó y volvió a la cocina a seguir trabajando.
—En el futuro no hagas estas cosas.
—Solo quería prepararte algo. Llevas más de treinta horas sin dormir, has bajado de peso y me duele verte así.
El corazón de Cristian se ablandó aún más y le aplicó la pomada con sumo cuidado, temiendo lastimarla.
Después de comer, Cristian estaba a punto de irse a descansar cuando sintió un dolor agudo en el estómago, seguido de vómitos y diarrea.
Laura exclamó preocupada:
—¡Ay, Dios mío! ¿Qué hacemos? Seguro le cayó mal la comida. Esa sopa que hizo la señorita Isabel estaba quemada, ¡eso no era para gente!


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