Cuando la bisabuela doña Ivana falleció, Ulises, como bisnieto, había aparecido públicamente, así que todos los presentes lo reconocían.
Al escucharlo llamar «mamá» a Nerea, la gente se quedó atónita.
—¿Mamá? ¿Cómo le acaba de decir a la directora Galarza? ¿Mamá?
—¿Ese no es el hijo del señor Vega? ¿Por qué le dice mamá a la directora Galarza?
—¿Por qué va a ser? La directora Galarza es la madre biológica del pequeño heredero. ¿No vieron que desde que entraron, el niño no le ha soltado la mano?
—¿No decían que la madre del niño era una ama de casa impresentable? ¡La directora Galarza es una eminencia! ¡Publica tesis de tres en tres! ¿Impresentable?
—¿Ustedes le creen a la prensa? ¿Creen que alguien como el señor Vega se casaría con cualquiera?
—Entonces... ¿la directora Galarza y la directora Echeverría son rivales de amores?
—La directora Echeverría presuntamente le robó la identidad de salvadora a la directora Galarza, le robó el collar, ¿y ahora también le robó al hombre? ¡Esto está buenísimo!
En un instante, todos en el salón aguzaron el oído, con los ojos brillantes, esperando el chisme.
Esmeralda le hizo señas al niño.
—Ulises, esto es cosa de adultos, no te metas. Ven acá.
Ulises gritó:
—¡No! ¡No voy a dejar que intimides a mi mamá!
La situación estaba estancada y se veía muy mal. Cristian se masajeó el entrecejo y decidió suspender la fiesta.
No podían seguir así.
Sin embargo, antes de que Cristian pudiera hablar, una voz débil surgió desde el fondo de la multitud.
—¡Yo puedo probar que fue la directora Galarza quien salvó al señor Vega!
Aquella frase fue como arrojar una piedra en un lago tranquilo.
En ese momento, todas las miradas se centraron en la chica que había hablado.
Era una joven vestida con ropa de oficina, que se abría paso a empujones entre la gente hasta llegar al frente.
Respiró hondo y dijo en voz alta:
—Porque yo soy la niña que el señor Vega salvó aquel año.
En aquel entonces, Cristian había quedado inconsciente por salvar a una niña. Cuando Nerea fue a rescatarlo, él estaba medio aturdido y solo recordaba unos ojos llenos de angustia.
Por instinto de supervivencia, había estirado la mano tratando de agarrarse y arrancó el collar del cuello de Nerea.
Esmeralda preguntó molesta:
—¿Y tú quién eres?
La chica hizo una ligera reverencia.
El mundo de los ricos siempre era así: cuando estás en la cima, todos te adulan; cuando caes, hasta los perros te patean.
La mirada de Isabel recorrió a las personas que murmuraban.
Memorizó cada uno de sus rostros.
«Espérense. Cuando me case con Cristian y sea la esposa del hombre más rico, se las van a ver conmigo».
«Voy a hacer que sus empresas quiebren y no tengan ni dónde caerse muertos».
El odio y la ira se mezclaban en el corazón de Isabel.
Isabel dijo con frialdad:
—Cuando encontré a Cris, estaba tirado en el suelo, no había nadie alrededor. Fui yo quien lo ayudó a llegar al puesto de socorro. ¡No le robé la identidad a nadie!
Al escuchar a Isabel, Esmeralda también se unió a la defensa.
—Y tú —señaló Esmeralda a Tania—, ¿quién puede probar que lo que dices es verdad? Quién sabe si no estás inventando cosas, mi hijo estaba inconsciente en ese momento.
A pesar del testimonio de Tania, Esmeralda seguía negándose a creer que Nerea fuera quien salvó a su hijo.
Porque si lo admitía, todo lo que le hizo a Nerea en el pasado sería pagar el bien con el mal.
Ella jamás admitiría ser una malagradecida ni una suegra malvada.

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