Especialmente en comparación con el primer matrimonio de Nerea.
Cuando la familia Vega fue a pedir su mano, los regalos daban pena.
Eran cosas baratas para rellenar, e incluso uno de los regalos era un producto caducado.
Aquello enfureció a los Galarza.
Se podía entender que los Vega estuvieran en crisis y sin dinero, pero al menos deberían haber revisado la fecha de caducidad.
¿Y si alguien se enfermaba?
Eso demostraba lo poco que les importaban los Galarza.
Además, Cristian había llegado con cara de funeral a pedir su mano. Verlo quitaba las ganas de vivir, ¿quién iba a estar feliz?
Si no fuera porque Nerea quería casarse, los Galarza lo habrían echado a patadas.
Nerea no estaba urgida.
Así que, comparando, Leonardo los tenía encantados.
Leonardo suspiró aliviado por dentro; parecía que había pasado la primera prueba.
Luego, se quitó la gabardina y se la dio a Nerea.
—Voy a ayudar en la cocina.
Nerea se quedó abrazando la ropa, confundida. «¿Es necesario esforzarse tanto?», pensó. «¿No somos falsos?».
¿Eso significaba que cuando ella fuera a casa de los Rojas también tendría que cocinar?
Leonardo dijo que iba a ayudar, pero terminó de jefe de cocina.
Álvaro, queriendo probar las habilidades reales de Leonardo, se puso de ayudante.
El almuerzo preparado por Leonardo recibió elogios unánimes de los Galarza.
Emilio le dijo a Ulises:
—Ulises, si tu mamá se casara con mi tío, seríamos familia de verdad. Podríamos vivir cerca, ir a la misma escuela y jugar todos los días. ¡Estaría padrísimo!
Los adultos en la mesa se rieron con el comentario de Emilio.
Salomé sonrió:
—Emilio no miente. En mi familia, si una mujer se casa con un Rojas, no tiene que meterse a la cocina si no quiere; es costumbre. Leonardo, sírvele a Nerea, no te quedes ahí pasmado, ¿no sabes consentir a tu mujer?
Jaime añadió riendo:
—Leo, a mi hermana le encanta el pescado, pero odia quitarle las espinas.
Leonardo tomó un trozo de pescado, le quitó las espinas meticulosamente y lo puso en el plato de Nerea.
—Gracias.
Salomé continuó:
—Nere, lo que se te antoje, pídeselo. Los hombres están para que los manden, si no los pones a trabajar se vuelven flojos. No le tengas lástima.
Nerea se rio ante el comentario.
—Está bien, abuela.
Por la tarde, Leonardo jugó ajedrez con Álvaro, videojuegos con Jaime y tomó té charlando con doña Belén.
La cena fue una carne asada al aire libre preparada por Leonardo.
Bajo la puesta de sol, los niños jugaban en el jardín mientras Nerea charlaba con los ancianos y sus padres.
Leonardo y Jaime estaban junto al asador.
El aroma llenaba todo el patio.
Cuando la familia Rojas se fue, los Galarza tuvieron una pequeña reunión familiar para hablar de Nerea y Leonardo.
Leonardo soltó una risa suave, su voz bajó un tono, volviéndose más magnética.
—El resultado fue excelente, la abuela ya no me obligará a tener citas a ciegas. Pero ahora te tocará a ti ayudarme a lidiar con ella de vez en cuando.
Por un momento, Nerea sintió como si él se riera justo en su oído y alejó un poco el celular.
—No hay problema, cuenta con ello.
—Por cierto, mándame tus gustos y tus tallas de ropa, me los voy a memorizar.
—¿Para qué?
—Para que la abuela no me regañe diciendo que no me importas si no me sé ni tus tallas.
—¿Entonces yo también tengo que memorizar los tuyos?
Leonardo fingió modestia:
—No es necesario, qué pena, es mucha molestia.
Nerea tenía memoria fotográfica, le bastaba un vistazo.
—No es molestia, mándamelos tú también.
Hablaron un rato más, se desearon buenas noches y colgaron.
Leonardo le envió sus gustos, tallas de ropa y número de calzado.
Nerea copió el formato y le envió los suyos.
En cuanto Leonardo los recibió, los memorizó de una sola leída.
En fuerzas especiales les entrenaban mucho la memoria; para Leonardo, memorizar eso era pan comido y le tomó un minuto.
Nerea también los memorizó al instante.

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