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Mi hijo eligió otra mamá, y yo elegí mi imperio romance Capítulo 3

De camino al restaurante, Nerea le contó a Emilia lo que había pasado.

Emilia golpeaba el volante mientras escuchaba.-

—¡Pero serás tonta! ¿Por qué no fuiste y le diste dos cachetadas a ese desgraciado de Cristian? Tú eres la esposa oficial. Se atreve a ponerte los cuernos en tu cara, ¡es el colmo! No se puede tolerar. Divórciate, amiga, yo te apoyo. Quítale la mitad de todo lo que tiene.

Emilia era abogada. Si decía que la apoyaba, iba con todo.

Pero ir por la mitad de los bienes de Cristian implicaría una batalla legal pública. Tenían un hijo en común, y pelear tan feo no le haría bien al niño.

Nerea miró la lluvia a través de la ventanilla.

En su momento, fue ella quien se empeñó en casarse con Cristian, cegada por su obsesión.

Siempre pensó ingenuamente que si se entregaba de corazón, algún día él vería lo bueno en ella y la amaría.

Pero los hechos demostraban que estaba equivocada.

No podía culpar a nadie más. Ella misma se había vendado los ojos, se había sobrevalorado. Lo aceptaba y lo corregiría.

Nerea lo tenía claro. Miró a su amiga y dijo:

—Emi, gracias, pero solo quiero la custodia de Ulises.

Cristian solo tenía ese hijo. Emilia preguntó preocupada:

—¿Cristian te la dará?

—Supongo que sí.

Después de todo, Cristian no la quería a ella, ¿por qué querría al hijo que ella había parido? Seguramente preferiría tener hijos con Isabel.

El coche llegó al restaurante. Antes de bajarse, vio a Cristian.

La lluvia había parado. Cristian e Isabel llevaban a Ulises de la mano, uno a cada lado. Los tres reían y platicaban; el ambiente era cálido y alegre. La imagen perfecta de una familia feliz.

El hombre, alto y guapo, miraba a la mujer con ternura y profundidad. La mujer, elegante y llamativa. El niño, precioso y vivaz.

Isabel miró a Cristian.

—Cris, aunque el pollo frito no sea muy saludable, no pasa nada por comer un poco de vez en cuando. Los niños son curiosos, tienen que probar cosas nuevas, no puedes prohibirles todo.

Cristian pensó que Isabel tenía razón. Nerea era demasiado aprensiva. No había necesidad de criar a un niño con tantos cuidados excesivos. Asintió.

Ulises vitoreó:

—¡Isa es la mejor! Te quiero mucho, Isa. No como mi mamá, que es una pesada de lo peor. No me deja comer esto, no me deja comer lo otro. Ojalá Isa fuera mi mamá.

Isabel le tocó la punta de la nariz con cariño.

—Cariño, un niño bueno no debe hablar así de su mamá. Ella lo hace por tu bien.

Ulises se enderezó.

—Isa, digo la verdad. La maestra dice que hay que ser honestos. Mamá es muy enfadosa, no me deja nada. Te digo, no me deja jugar básquet ni fut, ni aprender a montar a caballo, ni boxeo. Tampoco me deja andar en bici, ni esgrima, ni patineta. ¿A poco no es una pesada?

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