Esta mañana, al dejar a Ulises Vega en el jardín de niños, le había prometido que iría a recogerlo temprano. Si no fuera por la tormenta, jamás habría faltado a su palabra.
Nerea se disculpó con voz suave:
—Perdóname, mi amor. Está cayendo un tormentón por acá y hubo un percance en el camino. Mamá no puede llegar ahorita, ¿está bien si le digo a papá que pase por ti?
—¡Mamá eres mala! ¡No cumples lo que dices! ¡Te odio! Te odio, te odio, te odio. Ya no te voy a querer nunca más —gritó Ulises haciendo un berrinche al otro lado de la línea.
Nerea soltó una risa triste y llena de impotencia. Tuvo que consolar al niño con paciencia durante un buen rato antes de colgar.
La idea de tener que llamar a Cristian de nuevo le generaba rechazo. Ahora mismo no quería escuchar su voz.
En cuanto ese pensamiento cruzó su mente, ella misma se sorprendió.
Siempre había tenido una debilidad por las voces bonitas; le encantaba la voz de Cristian. Tenía un magnetismo frío, elegante y a la vez seductor. Antes, siempre buscaba excusas para hablar un poco más con él, aunque él mantuviera ese semblante serio e indiferente, aunque su tono fuera siempre distante e impaciente.
Ella lo disfrutaba como si fuera un dulce.
Pero en este momento, tal vez porque la lluvia calaba demasiado hondo, o tal vez porque... estaba cansada. Realmente no quería escuchar su voz.
Sin embargo, al imaginar a Ulises sentado solito en el kínder, con su carita arrugada esperando a que alguien fuera por él, respiró hondo y marcó el número. Nadie contestó.
Sintió una opresión en el pecho. Llamó otra vez. Le colgaron la llamada.
Inmediatamente después, llegó un mensaje de Cristian.
Cristian: [¿Qué pasa?]
Nerea: [Ve a recoger a Ulises.]
Cristian: [Ok.]
Su comunicación siempre había sido así, seca. Ella solía esforzarse, intentaba hablar más, pero Cristian o no respondía o contestaba con monosílabos. Era completamente impersonal, como un robot.
Ya que alguien iría por Ulises, no tenía prisa por volver. Llamó a su mejor amiga, Emilia González, que trabajaba cerca. En menos de media hora, Emilia llegó.
Nerea pensó en correr bajo la lluvia hacia el coche, pero Emilia le gritó.
Emilia la señaló con aire autoritario:
—¡Quédate ahí! ¡Ni te muevas! ¡Yo voy por ti!
Nerea se quedó quieta, sonriendo. Al final, ella también tenía a alguien que venía a recogerla.
Emilia no preguntó a dónde ir. Manejó directamente al centro comercial más cercano, le compró ropa a Nerea y la hizo cambiarse la ropa mojada.
Cuando salió del vestidor, Emilia le extendió un vaso de café caliente.


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