Nerea bajó del coche y vio a Isabel.
Arqueó una ceja, miró el coche de al lado y sonrió al entenderlo todo. Al parecer, alguien estaba jugando a “hacerse la víctima” para dar lástima.
Isabel se sintió provocada por la sonrisa de Nerea y se le endureció la mirada.
—Nerea, verme así te debe hacer sentir muy orgullosa, ¿verdad?
Nerea, que planeaba irse, se detuvo al escucharla. Respondió con naturalidad:
—Orgullosa no diría, pero no te voy a negar que me da gusto. ¿Cuánto tiempo lleva esperando, directora Echeverría? Hace frío aquí afuera. ¿Quiere que le avise a Cristian que está aquí cuando entre?
Isabel, con el rostro sombrío, soltó una risa burlona.
—Nerea, qué bien finges. En cuanto supiste que Cris estaba en peligro, corriste para acá. No has renunciado a él en absoluto; seguro quieres volver a casarte. Todavía sientes algo por Cris. Todo lo que haces, desde pedir el divorcio hasta usar ese perfume para hombres, es para llamar su atención.
—Isabel, no me juzgues usando tu lógica de amante. Al patán sucio que se lo quede quien quiera; yo, Nerea, no recojo basura. No soy tan arrastrada como tú.
Isabel echaba fuego por los ojos.
—¡Nerea!
—¿Te enojaste? Ve a buscar a Cristian para que te defienda. ¿No se supone que te ama mucho? —dijo Nerea mirándola con una sonrisa.
Isabel apretó los puños de pura rabia.
Nerea soltó una risita, dejó de prestarle atención y se dio la vuelta para irse.
Pero Isabel la persiguió, le agarró la mano y dijo con tono sarcástico:
—Nerea, hablas muy bonito. Si no te gusta, ¿por qué viniste corriendo? Te aviso que, aunque Cris y yo terminemos, él nunca te amará. Jamás tendrás su amor, así que mejor olvídate de esa idea. Siempre serás una perdedora, mi derrota.
En ese preciso momento, Ulises y Cristian salieron.
Al ver a Isabel sujetando la mano de Nerea, el rostro de Ulises cambió instantáneamente; temía que Isabel le hiciera algo a su madre.
—¿Qué haces? ¡Suelta a mi mamá!
Ulises gritó furioso y salió disparado como una bala de cañón, empujando a Isabel con fuerza.
Isabel soltó un grito y salió despedida hacia atrás.
Se escuchó un golpe seco cuando chocó contra un coche que venía de frente.
Afortunadamente, el coche acababa de entrar al estacionamiento y iba despacio. Frenó justo cuando Isabel rodó por el suelo. De no ser así, es muy probable que la hubiera atropellado.
Isabel yacía en el suelo gimiendo, escupió sangre y finalmente se desmayó.
Ulises, con el rostro pálido, movió los labios varias veces antes de lograr emitir un sonido:
—Yo... yo no quería. Solo me asusté de que lastimara a mamá y no medí mi fuerza.
Nerea le dio unas palmaditas para consolarlo y dijo con calma:
—No pasa nada, mamá va a revisar.
—Papá —Ulises se aferró a la mano de Cristian—, papá, ¿voy a ir a la cárcel? No quiero ir a la cárcel, no quiero separarme de ustedes. Tengo mucho miedo, papá.
Mientras hablaba, las lágrimas le caían a chorros. Ulises estaba realmente asustado.
—No pasa nada, tu mamá puede curarla. Solo pagaremos una indemnización.
—Mamá, ¿tienes hambre? ¿Qué quieres comer? Yo te lo preparo.
Su cambio de actitud fue tan rápido que ya no quedaba ni rastro de miedo en su rostro.
Nerea ya sospechaba que había sido intencional. Ulises era muy inteligente y ya se había adaptado a su mano mecánica; la usaba con total naturalidad, así que era imposible que no controlara su fuerza.
Además, la personalidad actual de Ulises no era la de una frágil florecita llorona. A su corta edad, se mostraba maduro, disciplinado y profundo; tenía más colmillo que Emilio.
Nerea lo detuvo.
—Fue a propósito.
Ulises no intentó ocultárselo a Nerea.
—Solo le di una cucharada de su propia medicina. ¿Quién le manda intentar atropellarte con el coche? ¡Se lo merece! ¡Es su castigo!
Nerea le frotó la cabeza.
—Gracias, mi amor.
Al escuchar ese «mi amor», Ulises rompió a llorar al instante. Esta vez no era un llanto falso, era real. Su mamá no lo había llamado así de cariñosamente en mucho tiempo.
—¿Por qué lloras? Mamá no te está regañando.
—Lo sé, mamá.
—Pero la próxima vez no lo hagas así. Aunque tu papá antes era un tonto, ahora aprende de sus errores y probablemente lo que más odia es el engaño.
—Lo sé, mamá. —Ulises, que era muy listo, lo entendió perfectamente y ya estaba pensando en cambiar de táctica para la próxima vez.

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