—No puedes irte, Cris.
—Te lo ruego, Cris.
Cristian se soltó de su agarre y salió del reservado a grandes zancadas.
—¡Cristian! —Isabel intentó seguirlo.
—Ven para acá —el hombre grasiento agarró a Isabel por los tobillos y la arrastró brutalmente hacia atrás.
—¡Ahhhh! —El grito de Isabel resonó en la habitación.
La puerta se cerró, silenciando el interior.
El rostro de Cristian estaba lleno de repugnancia.
—Quédense aquí, nadie entra.
Estaba a punto de irse cuando llegó Pedro. Casualmente estaba en el club divirtiéndose cuando escuchó que Cristian estaba ajustando cuentas con alguien, y al preguntar, se enteró de que era su amada Isabel. Llegó furioso con su gente.
—¡Cristian! ¿Dónde está Isa?
Cristian frunció el ceño en advertencia.
—Señor Escobar, no se meta en lo que no le importa.
Pedro agarró a Cristian de la ropa.
—¡Suéltala!
La mirada de Cristian se heló al instante.
—Pedro, si no me sueltas, atente a las consecuencias.
Pedro apretó los dientes.
—¡Te dije que la sueltes!
Al segundo siguiente, Cristian le agarró la cabeza a Pedro y la estrelló contra la pared del pasillo.
Se escuchó un golpe seco y la sangre comenzó a correr por la pared.
—¡Jefe!
Los hombres de Pedro se alarmaron, pero estaban siendo sometidos por los guardaespaldas de Cristian y no podían ayudar. Pedro sacudió la cabeza mareada e intentó levantarse, pero Cristian le puso el pie en el hombro, inmovilizándolo contra el suelo.
—Pedro, tu papá está negociando un contrato conmigo. ¿Crees que debería aceptar o no?
—¡Maldito Vega! Si le pasa algo a Isa, mato a toda tu familia, a tu jefa, a tu hermana, a tu sobrina, ¡y a tu hijo!
Cristian presionó más fuerte con el pie.
—Inténtalo.
—¡Ah! ¡Chinga tu madre! —gritó Pedro—. ¡Cristian! Espérate a ver lo que te hago.
—¡Cristian, suelta a nuestro jefe!
—¡El señor Escobar no te lo perdonará! ¡Suéltalo!
—Cállenlos.
En un instante, el pasillo se llenó de lamentos y golpes.
Justo en ese momento...
—¡Cristian! —otra voz furiosa llegó desde el otro extremo.
Diego corrió hacia ellos con sus hombres. Cristian giró la cabeza y vio a Nerea retenida por los guardaespaldas de Diego. Ella tenía las mejillas sonrosadas, la mirada oscilaba entre perdida y fría; su estado era evidente...
Cristian frunció el ceño.
Diego miró a Cristian con odio.
—Cristian, suelta a Isa o dejo que mis hombres se encarguen de Nerea aquí mismo.
Nerea se pellizcaba un punto de presión en la mano, recitando mantras mentalmente para mantener la cordura.
—Suéltame.
La voz de Nerea era helada, al igual que sus ojos enrojecidos. Cristian la soltó en silencio y la guio, extrañado por la rapidez de sus propios latidos. ¿Lo habían drogado otra vez?
En la suite de lujo del club, el gerente ya tenía todo listo. Nerea se metió en la bañera llena de agua helada, desinfectó las agujas y comenzó a clavárselas en puntos clave de la cabeza.
El corazón de Cristian dio un vuelco al verla.
—¿Segura que eso funciona? ¿No te vas a lastimar?
Nerea ni lo miró.
—No me distraigas. Ya puedes irte.
Cristian cerró la boca, pero no se fue. Esperó hasta que ella terminó y cerró los ojos para meditar. La observó un largo rato antes de salir del baño. Debía irse, pero sus piernas no le respondían; se quedó en la suite.
Una hora después, Nerea salió envuelta en una toalla y vio que él seguía ahí.
Se detuvo y frunció el ceño.
—¿Por qué sigues aquí?
Cristian también quería saber por qué.
—Temía que te murieras aquí y luego Ulises me culpara.
—Vete, necesito quitarme la toalla para seguir con las agujas.
Cristian tragó saliva y se levantó.
—Le dije al gerente que te atienda en lo que necesites. Te dejé un guardaespaldas.
Al llegar a la puerta, se detuvo y preguntó:
—¿Cómo fue que te atrapó Diego?
***

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