Entrar Via

Mi hijo eligió otra mamá, y yo elegí mi imperio romance Capítulo 386

Nerea asintió con una sonrisa: —Está bien.

Al verlos salir de la comisaría, el oficial Leonel borró su sonrisa, se giró y llamó a un agente.

Le instruyó con seriedad: —Esa tal Lucía es mentalmente inestable y tiene tendencias violentas. No pueden soltarla hasta que llegue el psiquiatra. Somos servidores públicos, debemos responder por la seguridad de la gente.

—Pero parece que ya contactó a un abogado.

—Aunque venga el abogado, no la sueltan. ¡Muévete!

—Entendido.

***

El coche salió suavemente del estacionamiento.

Nerea preguntó con curiosidad: —Leo, ¿cómo llegaste aquí? ¿Y cómo sabías que estaba en la comisaría? Si no fueras tú, ya estaría armando teorías conspiranoicas pensando que me pusieron un rastreador.

Leonardo respondió, mitad en broma, mitad en serio: —Tu teoría no suena mal. La próxima vez te pondré un localizador para no tener que revisar las cámaras del aeropuerto cuando no me contestes el celular.

El teléfono de Nerea había quedado destrozado por Lucía durante la pelea. Por eso Leonardo no pudo comunicarse.

Nerea y Leonardo ya tenían mucha confianza, y ella sabía que podía fiarse de él. Así que la plática fluía relajada y auténtica.

Ella se recargó en el asiento y se rio. —Sale, me parece bien. Así, si algún día estoy en peligro, sabrás de inmediato dónde estoy para venir al rescate.

Leonardo levantó la mano y le dio un coscorrón suave. —No digas tonterías.

—¡Auch! ¿Es en serio? —Nerea hizo una mueca y se soba la cabeza.

Al ver su reacción, Leonardo cambió de carril de inmediato, orilló el coche en la zona de emergencias y encendió las intermitentes.

—¿Te dolió? Déjame ver —dijo Leonardo, apartando su mano con urgencia.

Al ver la ansiedad y el arrepentimiento en los ojos de él, Nerea se sintió un poco mal.

—Leo, estaba bromeando, no me duele.

—Tengo la mano pesada, ¿en serio no te duele?

Nerea arqueó las cejas y negó con la cabeza, sonriendo.

Leonardo soltó un suspiro de alivio, se recargó en el asiento y dijo: —No volveré a hacerlo.

Su tono era tan firme que Nerea supo que se estaba recriminando.

Ella se sintió aún más culpable. —Leo, de verdad, no dolió. No te culpes.

De repente, Leonardo le preguntó: —¿Y la cara? ¿Te duele?

Nerea negó: —No.

Leonardo la miró fijamente; sus ojos oscuros y profundos ocultaban una emoción indescifrable. —Pero a mí sí me duele verte así.

—¿Mande?

Lucía preguntó ansiosa: —¿Cuándo puedo salir?

El abogado le explicó que necesitaba someterse a una evaluación psiquiátrica y que debía cooperar con la policía; si pasaba la prueba, podría irse. Incluso le sopló algunas respuestas para que no se equivocara.

—¿Y si no la paso?

El abogado la miró en silencio.

Lucía entendió lo que eso significaba y estalló en furia. Comenzó a insultar a Nerea con un lenguaje vulgar y violento.

Aunque no había cámaras en la sala, si Lucía seguía gritando así, llamaría la atención de los oficiales. El abogado se apresuró a recordarle que controlara sus emociones y palabras, que no se alterara, o perjudicaría su caso.

Pero Lucía no escuchaba. Solo sabía que la iban a dejar encerrada y la catalogarían como loca. Y los culpables de todo eso eran Nerea y ese abogado inútil.

Si el abogado no fuera un incompetente, ella no estaría en esta situación.

Lucía señaló al abogado y comenzó a gritarle groserías. Él, intentando mantener su ética profesional, la aguantó y trató de calmarla.

Lo único que consiguió fueron insultos más descarados e impresentables. Lucía incluso amenazó con denunciarlo ante el colegio de abogados. Lo acusó de falta de ética, alegando que había aceptado sobornos de Nerea para perjudicarla a propósito.

Eso ya ponía en riesgo su carrera, así que el abogado perdió la paciencia y comenzó a discutir con ella a gritos.

El escándalo atrajo a la policía.

Y eso, casualmente, se convirtió en otra prueba irrefutable de la inestabilidad mental de Lucía. Ahora sí, era imposible que la dejaran salir.

Historial de lectura

No history.

Comentarios

Los comentarios de los lectores sobre la novela: Mi hijo eligió otra mamá, y yo elegí mi imperio