Nerea fue a la Fiscalía Municipal para informarse sobre el caso de Francisca.
Casualmente, un alto mando de Puerto Rosales había venido a una inspección y vio a Leonardo siguiendo a Nerea.
El jefe se detuvo, con una mirada poco amigable, y rugió: —¡Leonardo, escuincle del demonio! ¡Te atreviste a mentirme!
Nerea se sobresaltó, mirando de reojo al jefe enfurecido acompañado por el director de la policía, y luego a Leonardo.
Nerea le jaló discretamente la manga y susurró: —Leo, ¿es tu jefe?
Leonardo asintió sin inmutarse. —Ajá. No pasa nada.
El jefe apretó los dientes del coraje. —Ven para acá.
En la oficina que prestó el director.
El dedo del jefe golpeaba la mesa con fuerza. —Terminas la misión y en lugar de reportarte de inmediato en Puerto Rosales, dices que tienes una emergencia familiar de vida o muerte, más urgente que la pierna rota de Kevin. ¿Esta es tu emergencia? ¿Pasearte muy tranquilo por la fiscalía?
Nerea miró a Leonardo, impactada.
¿Así usaba a Kevin de excusa?
A veces sentía que los hermanos se querían mucho, pero otras veces parecía una amistad por conveniencia. Uno deseaba que el otro no volviera o perdiera la memoria, y el otro lo usaba para pedir vacaciones.
Leonardo hizo un saludo militar impecable y dijo: —Mi abuela teme que si no regreso ya, mi novia se vaya con otro, así que me exigió volver para acompañarla unos días. ¿Eso no es urgente?
—¿Ella es tu novia? —La mirada del jefe cayó sobre Nerea.
Las miradas de los demás también se dirigieron a ella; curiosas, dudosas e inquisitivas.
Nerea sonrió con rigidez y saludó mecánicamente: —Buenas tardes, comandante.
En ese momento, solo quería cubrirse la cara o que la tierra se la tragara.
Leonardo tomó la mano de Nerea y la apretó para tranquilizarla. —Mi novia es demasiado brillante, un talento de nivel nacional. Hace poco su familia pasó por una crisis y le afectó mucho. Y cuando más me necesitaba, yo no estaba a su lado.
—Mi abuela teme que los rivales aprovechen la oportunidad, ya que sobran hombres de calidad pretendiéndola. Al saber que terminé la misión, mi abuela amenazó con hacer huelga de hambre si no venía a acompañarla unos días. Le pido su comprensión, jefe.
El enojo del jefe disminuyó un poco, aunque respondió de mala gana: —Entonces, ¿cuándo planeas reportarte en Puerto Rosales? Todos te están esperando.
Leonardo dio una respuesta ambigua: —En unos días.
El jefe preguntó directamente: —¿Cuántos?
Pero no se atrevía a decírselo a Nerea.
Leonardo y Nerea encontraron al policía encargado del caso de Francisca.
Se saludaron y se sentaron.
Gracias a la presencia de Leonardo, el policía fue muy directo.
No se trataba solo de un caso de envenenamiento; también involucraba la venta de sustancias prohibidas y una serie de actos delictivos.
La policía quería aprovechar este caso para seguir el hilo y desmantelar toda la red.
Nerea preguntó: —¿Han descubierto quién ordenó el envenenamiento?
El hijo del enfermero confesó que fue una mujer.
Nerea esperó pacientemente a que el policía continuara.
—Pero no sabe quién es esa mujer, cómo se llama, cómo se ve ni tiene características específicas; no sabe nada. Así que seguimos investigando. Si hay noticias, te avisaremos. No hace falta que vengas sola; a veces salimos a operativos y no estamos, así te evitas la vuelta en balde.

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