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Mi hijo eligió otra mamá, y yo elegí mi imperio romance Capítulo 52

Leonardo arqueó ligeramente una ceja y volvió a mirar a Nerea.

—¿Novios?

El señor Gutiérrez asintió.

—Sí, así es.

El ejecutivo de Grupo Rojas se rio:

—El señor Vega realmente tiene buen ojo y mucha suerte. Un talento como la directora Echeverría es algo difícil de encontrar.

—Talento mis huevos —masculló Samuel con la cara aún más oscurecida, jalando a Nerea para esperar el siguiente elevador, decidido a no compartir el viaje con Cristian e Isabel.

Leonardo, por alguna razón que nadie sabía, tampoco entró. Le hizo un gesto con la cabeza a Cristian y se quedó esperando el siguiente.

En el momento en que las puertas del elevador se cerraban lentamente, Nerea e Isabel cruzaron miradas. En los ojos de Isabel no había ni rastro de embriaguez; incluso curvó los labios en una sonrisa hacia Nerea.

Nerea giró la cabeza hacia Samuel y comenzó a hablarle en voz baja.

Al ver que Nerea no se atrevía a mirarla, Isabel se sintió inevitablemente engreída.

Y todo esto, casualmente, no pasó desapercibido para Leonardo. Estaba en una posición estratégica donde Isabel no podía verlo, pero él sí a ella.

Leonardo esbozó una sonrisa difícil de descifrar; el asunto le parecía bastante interesante.

Poco después, el resto del grupo entró en el elevador.

Leonardo bajó la mirada hacia Nerea, que estaba a su lado.

—Señorita Galarza, le encargo mucho el favor que le pedí.

Nerea asintió.

—Despreocúpese, señor Rojas. Le daré una respuesta lo antes posible.

Samuel miró con curiosidad a Leonardo y a Nerea, sin entender qué misterio se traían entre manos. No dijo nada hasta que se sentó en el asiento del copiloto y se abrochó el cinturón de seguridad.

Nerea encendió el auto y respondió mientras arrancaba:

—Quiere visitar a mi abuela. Supongo que alguien de su familia está enfermo y se enteró de su fama.

Desde chica, Nerea había visto a políticos, empresarios y familias adineradas acudir a su abuela para que atendiera a sus parientes o amigos.

Gracias a esa influencia, años atrás su abuela pudo dejar lisiado de una sola aguja a Héctor Olivares y aun así ella y su madre salieron bien libradas.

De camino a la empresa, Nerea paró a propósito en una farmacia para comprarle a Samuel un suero sabor fresa para la resaca.

Samuel era muy delicado con los sabores amargos; incluso al café le ponía extra de azúcar y leche.

Al ver que era de su sabor favorito, Samuel, que se sentía fatal, se sintió un poco mejor.

Nerea no pudo evitar burlarse en silencio: «Los guapos son bien chiqueados».

De vuelta en la empresa, Nerea organizó los materiales de la reunión y se los envió a Samuel. En un abrir y cerrar de ojos llegó la hora de salida. Recordando la petición de Leonardo, tomó su bolso para irse.

Justo en ese momento, Federico Castañeda se acercó y le lanzó una bolsa de botanas.

—Qué bueno es tener hermano —dijo Nerea sonriendo y poniéndole a Jaime una alita de pollo que le gustaba.

Luego le sirvió a Doña Belén un trozo de codillo estofado muy suave.

—Y tener abuela también.

Después de cenar, Jaime fue a la cocina a lavar los platos y Álvaro condujo hacia la escuela para recoger a Estefanía Ríos de Galarza de su trabajo.

Nerea y Doña Belén prepararon té en el jardín, sacaron fruta y disfrutaron de la brisa nocturna.

Aunque era principios de verano, en el jardín casi no había mosquitos: Doña Belén tenía menta, cálamo, romero, plantas carnívoras… puras hierbas que alejaban a los insectos.

—Abuela —dijo Nerea mientras servía el té—, hoy una persona me dijo que quería venir a visitarte.

Doña Belén se mecía tranquilamente en su silla, abanicándose suavemente, y preguntó con una sonrisa:

—¿Quién?

Nerea le pasó el té a Doña Belén.

—Leonardo. De la familia Rojas.

—Puerto Rosales… la familia Rojas. —La mano de Doña Belén tembló y derramó el té hirviendo. Nerea, asustada, agarró rápidamente el agua purificada que tenía al lado para enjuagarle la mano.

—No es nada —dijo Doña Belén, mirando distraídamente el cielo a lo lejos, ensimismada.

Al ver la reacción de Doña Belén, Nerea no pudo evitar dudar. ¿Entonces no era una consulta médica? ¿Eran conocidos?

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