Los tres tenían marcada una huella roja de una cachetada en la cara.
Obra de Nerea.
Además de las caras, tenían golpes por todo el cuerpo. Nerea había aprovechado la oscuridad para patearlos y golpearlos con saña.
En ese momento, Nerea se adelantó a todos y habló con una expresión llena de disculpa.
—Perdón, tío Felipe. No sabía que eran mis primos los que entraron a mi cuarto. Estaba medio dormida y pensé que eran ladrones, por eso se me pasó la mano. Como todo fue un malentendido, mejor que se pongan de pie; no hace falta seguir con esto.
Con esas palabras, los que querían acusarla se quedaron mudos. Y los que querían voltear la situación para culparla, tuvieron que guardarse sus intenciones. No solo eso, ahora tenían que elogiar a Nerea por su generosidad.
Pero que Nerea no guardara rencor no significaba que el asunto terminara ahí.
Felipe, como cabeza de esa rama de la familia y padre de los revoltosos, tenía que mostrar una postura firme. De lo contrario, resentiría la relación con Álvaro (el padre de Nerea). Además, si no corregía a los jóvenes cuando cometían errores, luego sería imposible controlarlos. Las reglas de la casa debían ser estrictas.
Felipe miró a sus hijos con frialdad.
—Hablen. ¿Qué hacían entrando al cuarto de su prima a estas horas y vestidos así?
—Papá... —empezó Moisés con voz lastimera.
*¡Paf!*
Felipe agarró una taza de té y se la lanzó.
—¡Dije que hables, no que me digas papá!
Moisés, encogido, dijo:
—Como Nerea acaba de volver a la familia, queríamos darle una sorpresa, una bienvenida para que sintiera nuestro... entusiasmo.
El siete y el nueve asintieron vigorosamente.
Felipe los regañó sin piedad:
—¿Tienen aserrín en la cabeza? ¿Bienvenida a medianoche vestidos así? ¡Cualquiera se pega un susto de muerte! Como se nota que no tienen nada mejor que hacer... ya veo que están pidiendo a gritos un castigo. ¡Traigan la vara!
Un empleado de la casa trajo una vara flexible.
Los muchachos, que ya habían recibido una paliza de Nerea, temblaron al ver que les tocaba otra.
Moisés, aterrorizado, fingió desmayarse y se dejó caer de lado. Los otros dos, al verlo, se prepararon para hacer lo mismo.
Pero Felipe advirtió:
—¿Se van a hacer los desmayados? Al que se desmaye le tocan azotes dobles.

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