Porque él quería comer el caldito de pollo que preparaba su mamá, y lo quería ahora.
—Papá, dile a mamá que regrese, quiero que me haga mi caldito.
—Tu mamá no va a regresar hoy. —Cristian recordó lo que había dicho la maestra: el teléfono de Nerea estaba apagado.
Desistió de la idea de llamarla y llevó a Ulises a la planta baja para buscarle algo de comer.
La empleada doméstica había pedido permiso por un asunto urgente, y como Nerea siempre se encargaba de organizar la casa, Cristian no tenía ni idea de dónde estaban las botanas.
Se quedó parado en la sala un momento, perdido, hasta que revolvió los cajones y encontró una bolsa de carne seca.
Era carne que Nerea había preparado.
—Come esto y luego a dormir.
Cristian le aventó la carne seca a Ulises y le sirvió un vaso de leche del refrigerador.
Ulises mordisqueaba la carne seca mientras sus ojos daban vueltas pensando en algo.
—Papá, para la actividad de mañana, ¿puede ir Isa?
Cristian se aflojó la corbata y miró a Ulises.
—¿No quieres que vaya tu mamá?
Ulises negó con la cabeza enérgicamente, como si Nerea fuera un monstruo.
—Mamá seguro no me dejaría participar en los juegos, qué aburrido. Papá, ándale, deja que vaya Isa. ¿A ti también te gusta Isa, no? Los tres juntos nos divertimos mucho. Ándale, papá, ¿sí? Al cabo que mamá no está, ni se va a enterar.
Cristian dudó un momento y respondió:
—Está bien, le preguntaré a tu tía Isa.
—¡Sí! Papá es el mejor. Gracias, papá.
***
A media noche, a Ulises le dio dolor de panza. Lloraba y gritaba, rodando por la cama.
Cristian escuchó el alboroto y corrió a verlo.
—Ulises, ¿qué pasa?
—Buaaa, papá, me duele mucho la panza —lloraba Ulises con los ojos rojos, viéndose miserable—. ¿Dónde está mamá? Dile que me ponga las agujas, que me cure para que no me duela.
Nerea venía de una familia de médicos y sabía acupuntura. Generalmente, cuando Ulises o Cristian se sentían mal, unas cuantas agujas bastaban para aliviarlos.

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