Nerea sostuvo el insecto muerto, cerró los ojos, abrió la boca y lo lanzó adentro.
Mordió.
*¡Splash!*
Escuchó el estallido en su cabeza y sintió el líquido verde escurrir por la comisura de sus labios. Un sabor amargo inundó su boca.
Nerea frunció el ceño hasta arrugar toda la cara, con ganas de vomitar.
—Nerea, traga.
Con los ojos apretados y aguantando las náuseas, tragó como si fuera una pastilla gigante.
*Glup.*
Pasó. Cuando abrió los ojos, sus pestañas estaban húmedas. Tragárselo crudo requería una fuerza de voluntad tremenda, sobre todo para una primeriza.
A Leonardo le dolió verla así.
—Rápido, come la fruta para quitarte el sabor.
Nerea jamás había comido con tanta desesperación; devoró la fruta en tres bocados. El sabor dulce y aromático finalmente aplacó la amargura y las ganas de vomitar.
Leonardo se dio la vuelta para comerse las otras dos larvas y evitar que Nerea lo viera y recordara la sensación.
—Leo.
—¿Mande?
Cuando Leonardo se giró, Nerea le metió la fruta más grande en la boca. Ella se quedó mordisqueando la pequeña que Leonardo ya había probado, comiéndola con gusto.
Al ver que ella no sentía repulsión por compartir su comida, Leonardo sintió una dulzura en el pecho que superaba el sabor amargo de su propia boca.
—Muerde —dijo Nerea con la boca llena.
Los ojos de Leonardo sonrieron. Tomó la fruta, limpió la parte donde él la había tocado y, al ver que Nerea terminaba la suya, se la ofreció de vuelta.
Nerea negó con la cabeza.
—Ya no quiero, cómetela tú.
—En la selva sobran insectos, mientras haya bichos no pasaré hambre. Pero tú sí. Anda, sé buena y cómetela —dijo él con una mirada profunda y una voz suave.
Fuera de su padre, Leonardo era el primer hombre que la trataba con tanta ternura. Nerea no sintió rechazo; al contrario, una sensación cálida y dulce fluyó en su interior. Obedeció y se comió la fruta.
Antes de irse, Leonardo improvisó una trampa sencilla con su cuchillo para recibir a sus "invitados". Luego camufló el lugar y siguieron avanzando. Su misión: sobrevivir hasta que llegara el rescate. Confiaban en que su país no los abandonaría.

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