Cristian permanecía de pie, tieso en medio del despacho. Doña Ivana, bastón en mano, le dio varios golpes en las piernas.
—¡Todavía no te has divorciado! ¡Tienes una esposa, ¿te das cuenta?!
Cristian guardó silencio. Doña Ivana señaló las fotos íntimas de Cristian e Isabel en las noticias.
—Si tanto te gusta esa fulana, divórciate rápido. Después, haz lo que se te dé la gana con ella, no me importa, con tal de que no estorbes a Nerea para que encuentre a alguien más.
Cristian frunció el ceño.
—¡Abuela! Ella no es una amante.
Doña Ivana soltó un resoplido helado.
—No te has divorciado, tienes esposa. Si no es una amante, ¿entonces qué es? Si fuera una mujer decente, sabría guardar las distancias contigo. Quiere el hombre y quiere el respeto, pero no se puede tener todo. ¿Crees que he vivido tantos años en vano?
—Abuela, qué feo hablas —intervino Noa. Ya había escuchado a su madre y a su hermana decir que la abuela chocheaba, y ahora le parecía cierto.
Además, Isabel era independiente, fuerte y capaz. Cuando Isabel estudiaba en el extranjero, le ayudó a cerrar un trato internacional importante. Noa no solo estaba agradecida, sino que la admiraba.
En cambio, Nerea, aparte de cocinar, lavar y cuidar al niño, ¿qué sabía hacer?
La diferencia era abismal. Se sentía mal por su hermano; debiendo estar con un cisne, tenía que conformarse con un pato feo todos los días.
Noa defendió a Isabel:
—Isa no solo salvó a Cris en su momento, sino que fue su primer amor. Si Nerea no se hubiera metido, ya estarían casados. Si vamos a hablar de quién sobra aquí, esa es Nerea.
Doña Ivana no creía ni por un segundo que Nerea hubiera tenido la culpa de lo del pasado.
—No hay ninguna prueba que incrimine a Nerea por lo que pasó años atrás, ¡pero ustedes ya la juzgaron y condenaron! ¿Les parece justo? Además, ya está casada con Cris, eso es un hecho. El Estado lo reconoce y la ley la ampara.
Y otra cosa…
El semblante de Doña Ivana se volvió severo.



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