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Mi hijo eligió otra mamá, y yo elegí mi imperio romance Capítulo 61

Justo cuando Cristian sentía que la cabeza le iba a estallar, Isabel apareció en el momento preciso. Con voz suave, calmó a Noa, ganándose no solo el favor de Cristian, sino también la simpatía de su hermana.

Isabel acompañó a Noa al baño para retocarse el maquillaje.

Fabián Álvarez se acercó a Cristian y le dijo:

—Cris, ¿de verdad no vas a hacer nada? Noa terminó llorando del coraje. Y ese Samuel hablando así de ti frente a todos… Si no le das una lección, los tiburones del negocio van a oler sangre y pensarán que pueden pisotearte.

Cristian encendió un cigarro y fumó en silencio, sin responder.

Al ver que no decía nada, Fabián jaló a Liam Santillán.

—Dile tú, ¿a poco no tengo razón?

Liam mordió su cigarro y chasqueó la lengua.

—¿Qué te crees, que estamos en una película de narcos?

Fabián refunfuñó:

—El mundo de los negocios es más sucio que el narco.

El mercado era un campo de batalla sin sangre visible. Para ganar, para obtener dinero, muchos perdían la conciencia y usaban cualquier medio. Si mostrabas un poco de debilidad, una jauría se te lanzaba encima para repartirse tu pastel.

Cristian terminó su cigarro y se levantó. Fabián lo miró.

—Cris, ¿a dónde vas?

—A buscar a Nerea.

En el jardín, fuera del salón de banquetes.

Nerea pensó que Cristian la buscaba para hablar de lo sucedido con Noa, así que habló con frialdad:

—Noa está diciendo puras tonterías.

—Lo sé.

—¿Entonces qué quieres? —«¿Será sobre el divorcio?», pensó ella.

La mirada de Cristian se posó en su cuello.

—El collar, los aretes y la pulsera. Dámelos.

Nerea no entendió al principio.

Cristian fue más directo:

—Eso no es para ti.

Ese era el regalo de cumpleaños que había preparado especialmente para Isabel. Había buscado durante mucho tiempo las mejores piedras preciosas y participado personalmente en el diseño, encargándoselo a Víctor Mancilla, un renombrado maestro joyero, quien tardó meses en tallarlo y terminarlo.

Solo así consiguió desahogar un poco la rabia.

Al regresar al salón, Samuel notó de inmediato que le faltaban las joyas.

—¿Y tus alhajas?

—Se las devolví a Cristian.

Samuel, indignado, quiso ir a buscar a Cristian para reclamarle. Regalarle joyas a una mujer y luego pedírselas de vuelta… ¿qué clase de hombre hace eso?

Pero lo que Nerea dijo a continuación lo enfureció aún más.

—No eran para mí, eran para Isabel. Emilia las guardó por error en la mudanza.

Otra vez Isabel. Samuel resopló:

—Mañana mismo mando a hacerte un juego de joyas mejor que ese.

Nerea negó suavemente con la cabeza.

—Olvídalo. Con ese dinero mejor invierte en la empresa para ganar más.

Samuel sentía una mezcla de rabia y amargura. Juró para sus adentros: «Cuando la empresa sea grande y poderosa, voy a restregarle el éxito en la cara a ese par de perros, Cristian e Isabel, para vengar la humillación de hoy».

Esa misma noche, Doña Ivana vio las noticias. Llamó a Cristian para que fuera a la mansión de inmediato. Como Noa estaba ahí, también la acompañó.

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