Justo cuando Cristian sentía que la cabeza le iba a estallar, Isabel apareció en el momento preciso. Con voz suave, calmó a Noa, ganándose no solo el favor de Cristian, sino también la simpatía de su hermana.
Isabel acompañó a Noa al baño para retocarse el maquillaje.
Fabián Álvarez se acercó a Cristian y le dijo:
—Cris, ¿de verdad no vas a hacer nada? Noa terminó llorando del coraje. Y ese Samuel hablando así de ti frente a todos… Si no le das una lección, los tiburones del negocio van a oler sangre y pensarán que pueden pisotearte.
Cristian encendió un cigarro y fumó en silencio, sin responder.
Al ver que no decía nada, Fabián jaló a Liam Santillán.
—Dile tú, ¿a poco no tengo razón?
Liam mordió su cigarro y chasqueó la lengua.
—¿Qué te crees, que estamos en una película de narcos?
Fabián refunfuñó:
—El mundo de los negocios es más sucio que el narco.
El mercado era un campo de batalla sin sangre visible. Para ganar, para obtener dinero, muchos perdían la conciencia y usaban cualquier medio. Si mostrabas un poco de debilidad, una jauría se te lanzaba encima para repartirse tu pastel.
Cristian terminó su cigarro y se levantó. Fabián lo miró.
—Cris, ¿a dónde vas?
—A buscar a Nerea.
En el jardín, fuera del salón de banquetes.
Nerea pensó que Cristian la buscaba para hablar de lo sucedido con Noa, así que habló con frialdad:
—Noa está diciendo puras tonterías.
—Lo sé.
—¿Entonces qué quieres? —«¿Será sobre el divorcio?», pensó ella.
La mirada de Cristian se posó en su cuello.
—El collar, los aretes y la pulsera. Dámelos.
Nerea no entendió al principio.
Cristian fue más directo:
—Eso no es para ti.
Ese era el regalo de cumpleaños que había preparado especialmente para Isabel. Había buscado durante mucho tiempo las mejores piedras preciosas y participado personalmente en el diseño, encargándoselo a Víctor Mancilla, un renombrado maestro joyero, quien tardó meses en tallarlo y terminarlo.


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