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Mi hijo eligió otra mamá, y yo elegí mi imperio romance Capítulo 663

En cuanto el señor Buenaventura colgó el teléfono, Ulises preguntó desesperado:

—Señor Buenaventura, ¿hay alguna noticia de mi mamá?

El señor Buenaventura asintió.

A Ulises le brillaron los ojos y preguntó con urgencia:

—Entonces, señor Buenaventura, ¿qué piensa hacer? ¿Seguiremos trabajando con la policía de Estados Unidos?

Mientras decía esto, Ulises frunció el ceño. Estaba sumamente preocupado, viéndose mucho más maduro para su edad, como si fuera todo un adulto.

El señor Buenaventura le dio unas palmadas en el hombro.

—Tranquilo, chamaco. Si hasta un niño como tú sabe que no podemos confiar en ellos, ¿crees que yo no me he dado cuenta?

Mientras hablaba, su mirada se volvió afilada.

—La policía de este país no nos sirve para nada; si seguimos dependiendo de ellos, solo vamos a estar perdiendo el tiempo. Esta vez nos la aventaremos solos.

Acto seguido, le dio una orden a su asistente:

—Dile a Wang que venga para acá.

Después, se dirigió nuevamente a Ulises:

—No te preocupes, ya tengo un plan. Ese tal Lucas es un asesino famoso en todo el mundo, le haríamos un favor a la humanidad al deshacernos de esa escoria, y al gobierno no le va a molestar en lo absoluto.

Y si se atreven a respingar, no nos va a temblar la mano para quemarlos a ellos también.

¡Imagínense el escándalo! El todopoderoso gobierno involucrado con una red de asesinos.

Ya habría diplomáticos buenos para hablar que se encargarían de pelearse con ellos en la prensa.

Así que lo único que él tenía que hacer era actuar.

Rescatarla y llevarla de vuelta era la prioridad absoluta.

Ya se habían sacrificado demasiadas vidas en este operativo.

Incluso el capitán Nicolás y Leonardo...

Al pensar en eso, la expresión del señor Buenaventura se endureció visiblemente.

—Esta vez sacaremos a Nerea sin importar lo que nos cueste. ¡Y a ese infeliz de Lucas le vamos a enseñar de qué estamos hechos! Va a aprender por las malas lo caro que sale meterse con nuestra gente.

Cristian, sentado en su silla de ruedas, lo escuchó y tomó la palabra:

—Señor Buenaventura, ¿necesitan financiamiento para el operativo? Puedo hacer una donación a título personal sin esperar nada a cambio. Les pagaré todas las armas, las municiones, los vehículos y cualquier compensación que necesiten para limpiar el desastre después.

—Eso nos cae como anillo al dedo —el señor Buenaventura le estrechó la mano a Cristian con fuerza—. Nuestra gente cruzó la frontera sin poder traer armamento, así que antes de movernos vamos a tener que ir a surtirnos al mercado negro.

El hombre llamado Wang entró en ese momento.

Lucas encerró a Nerea en una habitación, encadenándola de pies y manos con unos gruesos grilletes de metal.

Después, se dirigió al estudio, donde Augusto ya lo estaba esperando.

Augusto agachó la cabeza con respeto y lo saludó:

—Jefe.

Lucas asintió, caminó hasta el escritorio y se sentó. Encendió un cigarro, le dio un par de caladas y le aventó una carpeta a Augusto.

Era el itinerario de los traslados del presidente Gury.

Augusto revisó los papeles, levantó la mirada y le preguntó a Lucas:

—¿Me encargo yo? ¿Rosana no va a ir?

—Está muerta —contestó Lucas con una frialdad absoluta, como si hablara de un perro atropellado.

—¿Qué? —Augusto se quedó en shock, tan lleno de rabia que casi hace pedazos la carpeta que traía en las manos.

—¿Cómo que está muerta? ¿Quién la mató? —preguntó Augusto, apretando los dientes, con los ojos inyectados en sangre.

Lucas los había sacado a ambos del mismo orfanato; habían aprendido juntos todo lo que sabían sobre cómo asesinar, habían entrenado hombro a hombro y se habían jugado la vida innumerables veces.

El lazo que los unía era incluso más fuerte que el de unos hermanos de sangre.

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