En medio de la luz tenue, el doctor estaba de espaldas, tirando la basura.
Nerea desvió la mirada y se fijó en la bandeja médica que estaba a un lado.
Le echó un vistazo rápido al doctor y, con un movimiento ágil, sacó la mano de entre las cobijas, agarró unas tijeras quirúrgicas y las escondió debajo de la cama.
Antes, cuando le cambiaron la ropa, Lucas le había quitado las esposas.
De tanto forcejear, se había despellejado sus delgadas muñecas.
A Lucas le dio lástima verla así, pálida y demacrada.
Por eso decidió no volvérselas a poner; en su lugar, dejó que el doctor le pusiera pomada y le vendara las heridas.
Si no fuera por eso, ella jamás habría podido agarrar las tijeras.
Apretó el instrumento con fuerza en su mano.
Unos minutos después, se escucharon pasos acercándose. Se hicieron más claros hasta detenerse junto a la cama.
Nerea supo de inmediato que Lucas había regresado.
Él se quedó de pie junto a ella, mirándola desde arriba.
Dormida y en silencio, Nerea se veía bastante dócil. Con ese aspecto tan pálido y frágil, parecía una chica indefensa que necesitaba protección.
Pero nadie se imaginaba que, en el fondo, era una rosa llena de espinas.
Seductora y peligrosa.
Y mientras más peligrosa era, más lo atraía.
Tan es así que Lucas no pudo evitar estirar la mano hacia ella.
Le acarició la cara con suavidad.
Nerea se aguantó el asco y el impulso de reaccionar, aferrándose con todas sus fuerzas a las tijeras quirúrgicas.
«Tengo que aguantar un poco más. Debo dejar que baje la guardia por completo y, si es posible, acabar con él de un solo golpe».
Si algo le sobraba a Nerea era paciencia. ¡Siempre había sabido aguantar vara!
Siguió haciéndose la dormida, sin mover ni un solo músculo.
Lucas le dio un pellizquito en el cachete.
—¿De verdad te quedaste dormida?
De lo contrario, con el asco y el odio que ella le tenía...
...en el momento en que él se acercara, ella habría sacado las uñas para defenderse; jamás habría dejado que la tocara.
Al imaginársela a la defensiva, a Lucas se le dibujó una sonrisa y suspiró:
—Solo cuando estás dormida te portas tan bien.
Pero, para su sorpresa, justo en ese instante, antes de que terminara de hablar, Nerea abrió los ojos de golpe.
—¿Ya despertaste?
Lucas la miró con una sonrisa, con la mano todavía pegada a su mejilla.
Quería ver cómo reaccionaba.
Y vaya que Nerea le dio una reacción.


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