—¿Te gustan los cadáveres?
Por muy enfermo que estuviera Lucas, no llegaba al extremo de gustarle los cadáveres.
A él le gustaba la Nerea llena de vida, la que podía darle pelea.
¡Solo una Nerea así podía despertar su interés y sus deseos más oscuros!
Los ojos oscuros y fríos de Nerea, llenos de firmeza y terquedad, miraban a Lucas con burla.
Parecía reírse de sus inútiles esfuerzos.
Nerea de verdad quería morderse la lengua hasta morir.
Lucas se dio cuenta y soltó una risa burlona.
—¡No vas a morirte sin mi permiso!
Dicho esto, Lucas la agarró con brusquedad de las mejillas, obligándola a abrir la boca.
Al mismo tiempo, tocó el timbre de la cabecera.
Por el altavoz se escuchó la voz respetuosa de un empleado.
—Señor, ¿qué se le ofrece?
—Dile al doctor Sabino que venga de inmediato —ordenó, y luego añadió rápidamente—: Y tú también sube.
Hicieron llamar al médico de nuevo.
Al verlo entrar, Lucas soltó la cara de Nerea, se hizo a un lado en la cama y ordenó:
—Deténle la hemorragia de la lengua.
Se escuchó el clic de un encendedor. Lucas se prendió un cigarro.
—Jefe, la señorita Galarza no coopera, está intentando morderse otra vez —dijo el doctor, mirando a Lucas con desesperación.
—¡Nerea! —gritó Lucas, furioso. Su mirada era tan oscura e intimidante que parecía el mismísimo diablo.
Pero a Nerea no le dio miedo en absoluto, o más bien, no le importaba en lo más mínimo.
Llevaba dos días sangrando.
Las heridas viejas no habían sanado y ya tenía unas nuevas.
Por eso estaba más pálida que un fantasma, lo que hacía que sus ojos fríos se vieran aún más oscuros y penetrantes.
Lucas frunció el ceño.
—¡Póngale un sedante!
Nerea por fin cerró los ojos, y el doctor procedió a curarla.
Lucas se sentó en el sillón de a lado con cara de pocos amigos, fumando sin parar.
Nadie decía nada; el ambiente estaba tan tenso que daba miedo hasta respirar fuerte.
Mientras el doctor le limpiaba las heridas a Nerea con agilidad, pensaba para sus adentros.
«Se pasan de intensos. ¿Acaso a esto se refieren con comerse a besos hasta matarse?».
...la mano de Nerea, escondida bajo las cobijas, empezó a tamborilear con paciencia sobre la cama.
Debido a su complexión y a que Lucas le había inyectado demasiados sedantes últimamente, su cuerpo ya había creado resistencia.
Prácticamente era inmune al medicamento, así que solo estaba fingiendo.
Los pasos se detuvieron, y su mano hizo lo mismo.
Contuvo la respiración, asegurándose de que ni siquiera le temblaran las pestañas.
Lucas se había detenido en la puerta y volteó a verla una vez más.
Después de todo, no se quedaba tranquilo.
Sabía que Nerea era muy astuta y siempre salía con alguna sorpresa.
Además, estaba consciente de que ella tenía mucha resistencia a los medicamentos.
Pero luego pensó que, por mucha resistencia que tuviera, el sedante la mantendría dormida al menos unos diez minutos.
Solo se iba a ausentar un rato, así que no debería pasar nada malo.
Con eso en mente, Lucas siguió hablando por teléfono y se fue.
Sus pasos volvieron a sonar, haciéndose cada vez más lejanos, hasta que se perdieron en el pasillo.
Nerea supo que Lucas ya estaba lejos.
Con mucho cuidado, entreabrió un poco el ojo derecho.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Mi hijo eligió otra mamá, y yo elegí mi imperio