En el consultorio privado de la mansión, Lucas estaba acostado en la camilla.
El doctor le estaba curando la herida con cara de pánico.
—Perdóneme, jefe. Le juro que no sé a qué hora se despertó la señorita Galarza ni cuándo agarró las tijeras. Pensé que se me habían caído y las estuve buscando todo el rato. Lo siento muchísimo, jefe, no me eche a los lobos.
En esa casa tenían varios lobos encerrados.
Servían para vigilar la propiedad, pero también para castigar a los empleados que no obedecían.
Lucas tenía cara de pocos amigos y le gritó:
—¡Cállate! Usa tantito el cerebro: si te echo a los lobos, ¿quién chingados me va a curar?
El doctor se apuró y le coció la herida con rapidez.
Le pasó dos pastillas especiales y un vaso con agua.
—Jefe, la herida de bala todavía no le sana, y ahora tiene esta en el estómago. Faltó nada para que le perforara un órgano. ¿No ha pensado que tal vez la señorita Galarza y usted son como el agua y el aceite? Parecen destinados a destruirse.
Lucas se tragó las pastillas y lo miró con burla.
—Tú, un gringo rubio de ojos azules, ¿vienes a hablarme de supersticiones del destino?
El gringo se puso a la defensiva.
—Seré estadounidense, pero soy un gran fanático de las novelas y la cultura. ¿Acaso no siempre hablan del karma? Eso de querer matarse apenas se ven significa que en su vida pasada fueron enemigos a muerte, y en esta son su peor castigo.
—¡Ya cállate! —Lucas le aventó el vaso de plástico en las manos—. Si no vas a decir algo que me sirva, mejor te tiro a los lobos de una vez.
El doctor ya no quiso jugarle al valiente y se limitó a advertirle:
—Jefe, yo sé que usted tiene buena condición y que los medicamentos son fuertes, pero eso no lo hace inmortal. Si no se cuida y deja que la señorita Galarza lo siga apuñalando o balaceando, se va a poner grave.
Lucas chasqueó la lengua.
—¿No puedes desearme algo bueno para variar?
Aguantando el dolor, se empezó a poner la camisa.
El doctor trató de aconsejarlo con buenas intenciones:
—Jefe, le sugiero que esta noche se la lleve tranquila y no haga esfuerzos, o se le van a botar los puntos.
Lucas lo ignoró y siguió abotonándose la camisa con la cabeza gacha.
Al ver que no respondía, el doctor insistió:
—¿Me escuchó, jefe? Y si de plano no se puede aguantar las ganas, mínimo no se esfuerce de más. Tanto usted como la señorita Galarza están lastimados, no están para esos trotes. No vaya a ser que por andar de caliente termine en el panteón.
Lucas se quedó sin palabras y lo miró con fastidio.


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