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Mi hijo eligió otra mamá, y yo elegí mi imperio romance Capítulo 673

En el consultorio privado de la mansión, Lucas estaba acostado en la camilla.

El doctor le estaba curando la herida con cara de pánico.

—Perdóneme, jefe. Le juro que no sé a qué hora se despertó la señorita Galarza ni cuándo agarró las tijeras. Pensé que se me habían caído y las estuve buscando todo el rato. Lo siento muchísimo, jefe, no me eche a los lobos.

En esa casa tenían varios lobos encerrados.

Servían para vigilar la propiedad, pero también para castigar a los empleados que no obedecían.

Lucas tenía cara de pocos amigos y le gritó:

—¡Cállate! Usa tantito el cerebro: si te echo a los lobos, ¿quién chingados me va a curar?

El doctor se apuró y le coció la herida con rapidez.

Le pasó dos pastillas especiales y un vaso con agua.

—Jefe, la herida de bala todavía no le sana, y ahora tiene esta en el estómago. Faltó nada para que le perforara un órgano. ¿No ha pensado que tal vez la señorita Galarza y usted son como el agua y el aceite? Parecen destinados a destruirse.

Lucas se tragó las pastillas y lo miró con burla.

—Tú, un gringo rubio de ojos azules, ¿vienes a hablarme de supersticiones del destino?

El gringo se puso a la defensiva.

—Seré estadounidense, pero soy un gran fanático de las novelas y la cultura. ¿Acaso no siempre hablan del karma? Eso de querer matarse apenas se ven significa que en su vida pasada fueron enemigos a muerte, y en esta son su peor castigo.

—¡Ya cállate! —Lucas le aventó el vaso de plástico en las manos—. Si no vas a decir algo que me sirva, mejor te tiro a los lobos de una vez.

El doctor ya no quiso jugarle al valiente y se limitó a advertirle:

—Jefe, yo sé que usted tiene buena condición y que los medicamentos son fuertes, pero eso no lo hace inmortal. Si no se cuida y deja que la señorita Galarza lo siga apuñalando o balaceando, se va a poner grave.

Lucas chasqueó la lengua.

—¿No puedes desearme algo bueno para variar?

Aguantando el dolor, se empezó a poner la camisa.

El doctor trató de aconsejarlo con buenas intenciones:

—Jefe, le sugiero que esta noche se la lleve tranquila y no haga esfuerzos, o se le van a botar los puntos.

Lucas lo ignoró y siguió abotonándose la camisa con la cabeza gacha.

Al ver que no respondía, el doctor insistió:

—¿Me escuchó, jefe? Y si de plano no se puede aguantar las ganas, mínimo no se esfuerce de más. Tanto usted como la señorita Galarza están lastimados, no están para esos trotes. No vaya a ser que por andar de caliente termine en el panteón.

Lucas se quedó sin palabras y lo miró con fastidio.

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