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Mi hijo eligió otra mamá, y yo elegí mi imperio romance Capítulo 674

Cristian abrió la boca, pero no supo ni qué decir para defenderse.

Él no necesitaba que Ulises lo cuidara, pero el niño insistió en que no podía moverse bien.

Y la realidad era que, en efecto, Ulises le había traído el agua para los pies.

Ulises se adelantó a explicar:

—Abuelo, yo quise cuidar a mi papá. Él no me obligó, estás entendiendo mal.

Álvaro soltó un bufido, aún molesto.

«¡Ese cabrón de Cristian no se lo merece!».

«¡Debería quedarse solo como un perro el resto de su vida!».

Ulises sabía lo que su abuelo estaba pensando.

También estaba consciente de que su papá se había portado como un completo patán en el pasado.

E incluso las cosas que él mismo hizo de chiquito tampoco estuvieron bien.

Habían lastimado a su mamá, a sus abuelos y a toda la familia.

Pero al final del día, Cristian era su papá, ya había reconocido sus errores y, además, estaba en silla de ruedas.

Como su hijo, no podía simplemente darle la espalda.

Además, su papá en el fondo también daba lástima.

Creyó que había encontrado el amor verdadero, entregó el corazón y terminó siendo víctima de un engaño de lo peor.

Pero, aunque hubiera mil razones, seguía siendo un hecho que había lastimado a su mamá.

Nunca debió hacerle daño.

Lo lógico sería que se uniera a su abuelo y le guardara rencor.

Pero él entendía muy bien lo que se sentía suplicar por perdón.

Su mamá se lo había dado a él.

Por eso estaba dispuesto a darle una oportunidad a su papá.

Quería ver cómo trataba de enmendar sus errores.

Mientras su papá no volviera a lastimar a su mamá, siempre lo reconocería como su padre.

Ulises se acercó a Álvaro y le jaló la mano.

—Abuelo, ya sé que te preocupas por mí, pero ya soy un niño grande. Hacer algo tan simple no me cuesta nada. Confía en mí.

Álvaro le acarició la cabeza y no dijo nada más.

Después de todo, habían ido hasta ahí porque tenían un asunto urgente.

Así podrían saber qué tramaba el enemigo.

Lucas había contratado a especialistas para instalar el sistema de ciberseguridad, y le daban mantenimiento seguido.

El nivel de encriptación estaba casi a la altura de una agencia de inteligencia gubernamental.

Con razón los hombres del señor Buenaventura se habían topado con pared tantas veces.

La dificultad técnica era solo un problema.

El segundo obstáculo era que no se trataba de tumbar el sistema, sino de colarse de forma invisible, sin que el enemigo se diera cuenta.

Por lo tanto, necesitaban un nivel de habilidad mucho más alto.

Tenían que ser exageradamente cuidadosos y precisos.

Ambos tenían los ojos fijos en la pantalla; tecleaban tan rápido que sus dedos se veían borrosos.

—¡Ulises!

—Voy.

Apenas se cruzaban un par de palabras, pero se entendían a la perfección.

Trabajar con alguien que está en tu misma sintonía hacía que todo fluyera más fácil.

Después de poco más de media hora, los dos sonrieron al mismo tiempo. Lo habían logrado...

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