Aunque Nerea dejó de hablar en sueños, seguía sollozando bajito.
Las lágrimas le escurrían por las comisuras de los ojos, como si nunca se le fueran a secar.
Y así, Cristian la acompañó a la distancia, llorando por dentro toda la madrugada.
Se quedó tieso en la silla de ruedas, como si el alma se le hubiera escapado del cuerpo.
De pronto, se escuchó el clic de la manija.
La puerta se abrió y Ulises apareció en el umbral.
—Papá.
Se notaba que el niño tampoco había pegado el ojo; tenía la voz ronca y la carita pálida y ojerosa.
Su voz fue como un interruptor para Cristian, quien volteó a verlo lentamente.
Ulises apretó los puños, temblando.
—Papá... ¿cómo... cómo está mi mamá?
—Está bien, no te preocupes. ¿Ya desayunaste? —le preguntó Cristian de la nada.
Era obvio que Ulises no había probado bocado.
¿Quién iba a tener hambre con tanta angustia encima?
Se había llenado a puro coraje.
Cristian movió la silla de ruedas hacia él y le agarró la mano.
—Vamos a desayunar algo, si no te va a hacer daño. ¿Te acuerdas lo que decía tu mamá? «Desayuna como rey, come como príncipe y cena como mendigo». ¿Ya se te olvidó?
Las lágrimas volvieron a brotar de los ojos de Ulises, pero se las limpió rápido.
—No. Me acuerdo de todo lo que dice mi mamá.
Padre e hijo se fueron a la cafetería. El olor a comida recién hecha inundaba el lugar; había de todo.
Ninguno tenía hambre, pero se obligaron a comer.
Al terminar, Ulises pidió comida para llevar.
La noche anterior, Álvaro había sentido un dolor fuerte en el pecho y tuvo que tomarse unas pastillas para el corazón; lo mandaron a descansar a la fuerza.
Tampoco había desayunado.
Al llegar a la puerta del cuarto de Álvaro, Cristian se detuvo.
—Entra tú y cuida bien a tu abuelo. Si notas algo raro, búscame de volada, ¿sí? Aquí voy a estar.

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