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Mi hijo eligió otra mamá, y yo elegí mi imperio romance Capítulo 678

Aunque Nerea dejó de hablar en sueños, seguía sollozando bajito.

Las lágrimas le escurrían por las comisuras de los ojos, como si nunca se le fueran a secar.

Y así, Cristian la acompañó a la distancia, llorando por dentro toda la madrugada.

Se quedó tieso en la silla de ruedas, como si el alma se le hubiera escapado del cuerpo.

De pronto, se escuchó el clic de la manija.

La puerta se abrió y Ulises apareció en el umbral.

—Papá.

Se notaba que el niño tampoco había pegado el ojo; tenía la voz ronca y la carita pálida y ojerosa.

Su voz fue como un interruptor para Cristian, quien volteó a verlo lentamente.

Ulises apretó los puños, temblando.

—Papá... ¿cómo... cómo está mi mamá?

—Está bien, no te preocupes. ¿Ya desayunaste? —le preguntó Cristian de la nada.

Era obvio que Ulises no había probado bocado.

¿Quién iba a tener hambre con tanta angustia encima?

Se había llenado a puro coraje.

Cristian movió la silla de ruedas hacia él y le agarró la mano.

—Vamos a desayunar algo, si no te va a hacer daño. ¿Te acuerdas lo que decía tu mamá? «Desayuna como rey, come como príncipe y cena como mendigo». ¿Ya se te olvidó?

Las lágrimas volvieron a brotar de los ojos de Ulises, pero se las limpió rápido.

—No. Me acuerdo de todo lo que dice mi mamá.

Padre e hijo se fueron a la cafetería. El olor a comida recién hecha inundaba el lugar; había de todo.

Ninguno tenía hambre, pero se obligaron a comer.

Al terminar, Ulises pidió comida para llevar.

La noche anterior, Álvaro había sentido un dolor fuerte en el pecho y tuvo que tomarse unas pastillas para el corazón; lo mandaron a descansar a la fuerza.

Tampoco había desayunado.

Al llegar a la puerta del cuarto de Álvaro, Cristian se detuvo.

—Entra tú y cuida bien a tu abuelo. Si notas algo raro, búscame de volada, ¿sí? Aquí voy a estar.

—Ni te hagas ilusiones con un abuelo nuevo.

Mientras Álvaro se cambiaba, Ulises fue al baño, le sirvió enjuague bucal en un vasito y le puso pasta al cepillo de dientes.

Era la primera vez que un niño lo cuidaba con tanto esmero, y a Álvaro hasta le dio pena.

—Ay, mijo, no tienes que andar haciendo esto. Estás muy chiquito, yo soy el que debería cuidarte a ti —dijo con tono de disculpa—. Me toca cuidarte y mírate, andas de enfermero conmigo. Lo estoy haciendo muy mal. Pero te prometo que le voy a echar ganas; voy a comer y a descansar para que no te preocupes.

Mientras Álvaro se lavaba los dientes, Ulises acomodó el desayuno en la mesita.

Como estaban en las instalaciones de la base, el menú de la cafetería ofrecía comida muy casera y tradicional.

Ulises había pedido unos chilaquiles y unos huevos al gusto, justos como le gustaban a su abuelo.

Al ver eso, a Álvaro se le calentó el corazón.

—Gracias, mi niño.

Mientras tanto, en la mansión de Lucas...

Cuando Nerea abrió los ojos, sintió que tenía un horno hirviendo pegado a la espalda.

Frunció el ceño y volteó a ver. ¡Era Lucas!

¡Lucas estaba ardiendo en fiebre!

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