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Mi hijo eligió otra mamá, y yo elegí mi imperio romance Capítulo 679

La fiebre le había pegado a Lucas poco antes del amanecer.

Llegó de golpe, imparable.

En ese momento, tenía el ceño fruncido del dolor; su respiración era rápida y ardiente, y tenía los labios agrietados.

Parecía que se estaba quemando por dentro.

Nerea levantó las manos. Seguía con las esposas puestas; las muñequeras estaban unidas por tres pesados eslabones de acero.

No le daban mucho margen de movimiento, ¡pero era suficiente!

¡Si iba a hacerlo, era ahora o nunca!

Se zafó del brazo de Lucas, que la tenía inmovilizada.

A Lucas le temblaron las pestañas. Quiso abrir los ojos, pero le pesaban los párpados como si fueran de plomo.

En esa fracción de segundo, Nerea se dio una vuelta rápida y se le montó a horcajadas.

Al hacerlo, obviamente lastimó las heridas que ella misma traía, pero ignoró el punzante dolor.

Lucas por fin logró abrir los ojos.

Pero lo único que vio fue la cadena de las esposas cayendo sobre él.

Nerea se dejó caer con todo su peso, usando la cadena para ahorcarlo.

Su mirada era un témpano de hielo: dura, implacable y decidida.

Le valió madre que el metal le estuviera arrancando la piel de las muñecas, haciéndola sangrar.

Tampoco le importó que las esposas se le enterraran en la carne y le rasparan los huesos.

No dudó ni un segundo, ni siquiera hizo una mueca de dolor. Como si estuviera anestesiada, apretó los dientes y jaló con todas sus fuerzas.

Ese dolor físico no era nada comparado con el coraje que llevaba por dentro.

¡Iba a asfixiar a Lucas!

Lucas abrió la boca de par en par, boqueando como pez fuera del agua, soltando jadeos ahogados en busca de oxígeno.

La cara y el cuello se le pusieron rojos por la falta de aire, y los ojos se le saltaron, inyectados en sangre.

Desesperado, agarró los brazos de Nerea intentando quitársela de encima.

Pero ella, usando todo el peso de su cuerpo, jalaba la cadena hacia arriba con saña.

Entre más forcejeaba Lucas, más fuerte apretaba ella.

Lucas puso los ojos en blanco del dolor, su rostro se volvió aterrador.

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