Lucas no creía que las cosas se le fueran a salir de las manos; confiaba demasiado en sí mismo.
Estaba seguro de que Nerea no se le iba a escapar.
En la base de operaciones.
Cristian buscó al señor Buenaventura; le enseñó una captura ampliada del video y señaló el collar en el cuello de Nerea.
—Necesito el código de programación y los planos de diseño de este aparato.
El señor Buenaventura observó el collar en la imagen.
—¿Quieres hackearlo?
Cristian asintió.
—Permítame consultarlo con mis superiores.
El señor Buenaventura regresó casi de inmediato y le informó:
—El código de ese collar fue diseñado por la mismísima doctora Galarza. Ni siquiera la doctora Rangel pudo descifrarlo. ¿Está seguro de que usted podrá, señor Vega?
Sabiendo que Nerea lo había diseñado en persona, Cristian dudó unos segundos antes de responder.
—Sí.
Tenía fe en sus habilidades, pero iba a necesitar tiempo.
Desde la central le enviaron a Cristian todo lo que solicitó a través de un canal encriptado.
Ulises también se apuntó para ayudar con el código.
Al enterarse de que su mamá lo había programado, se sintió muy orgulloso, y a la vez, esperanzado.
Padre e hijo volvieron a hacer equipo.
***
En la casa de Lucas, Nerea empezó a recobrar el conocimiento poco a poco.
Afuera, los agentes de vigilancia manejaban un dron en forma de mosquito y lo acercaron a ella.
Cuando lo tuvo cerca, Nerea se dio cuenta de que no era un insecto de verdad.
Se le quedó viendo con desconfianza, pensando que era otra de las locuras de Lucas para espiarla.
Por eso no le hizo buena cara.
Hasta que vio al pequeño dron moviéndose en el aire, trazando formas frente a ella.
Nerea no tardó en darse cuenta de que estaba escribiendo letras en el aire.
«¡No te asustes! Somos de las fuerzas armadas».
En ese instante, la tensión que le oprimía el pecho desapareció y dejó escapar su primera sonrisa en días.
Una sonrisa leve, sutil, pero llena de nostalgia.
Se le llenaron los ojos de lágrimas.


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