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Mi hijo eligió otra mamá, y yo elegí mi imperio romance Capítulo 692

—¿Los hombres de Nieves? ¿Están seguros? —preguntó Lucas, frunciendo el ceño, confundido. —El grupo terrorista de Nieves es conocido como el Escuadrón del Pañuelo Rojo —respondió su subordinado—. Llevan pañuelos rojos y vienen gritando que van a rescatar a su líder. —¿Y las defensas de la casa? ¿Por qué no sonó la alarma? —No lo sabemos. Todos los sistemas de seguridad fallaron, no tenemos acceso desde los servidores y varias torretas automáticas empezaron a dispararles a nuestros propios hombres. Jefe, ya perdimos a más de la mitad de nuestro equipo, ¿qué hacemos? En ese instante, a Lucas se le vino a la mente el cabrón inútil del exesposo de Nerea, ¡Cristian!, que todavía estaba en Estados Unidos. El sistema de seguridad cibernética de la casa le había costado una fortuna; había contratado a tres de los mejores hackers de la red oscura para diseñarlo. Era imposible que cualquier persona pudiera infiltrarse sin dejar rastro. A menos que... el intruso también fuera un pez gordo en el mundo de los hackers. Y, para su mala suerte, Cristian lo era. Ya había salido perdiendo una vez contra él. No podía creer que le estuviera pasando de nuevo. Lucas se arrepintió de no haber mandado a matar a Cristian cuando tuvo la oportunidad. Pero ya no era momento para lamentos. Toda la casa estaba bajo el control del enemigo; la mejor opción era pelar gallo. —¡Nos retiramos de inmediato! —ordenó. Si su instinto no le fallaba, el lugar caería en cuestión de minutos. Además, no se tragaba el cuento de que los atacantes fueran hombres de Nieves. ¿Desde cuándo ese tipo tenía seguidores tan leales? Era obvio que esos hombres eran soldados latinoamericanos disfrazados de terroristas. Tras dar la orden, Lucas se giró y miró pensativo a Nerea, quien seguía inconsciente. Al ver que no se movía, su subordinado, confundido, le preguntó: —Jefe, ¿qué tanto mira? Lo que realmente quería decirle era que estaban con el agua hasta el cuello y no era momento de quedarse viendo a la muchacha. Lucas hizo oídos sordos. Hizo a un lado el cuello de la ropa de Nerea y sacó el cordón rojo. Al ver bien que lo que colgaba era un rosario, soltó una carcajada burlona. —Vaya, el rosario del viejo amor. Qué romántica me saliste, escondiéndolo a mis espaldas y usándolo de collar. ¿Acaso te di permiso? Sin dejar de mirarla fijamente a la cara, dio un tirón y arrancó el cordón con violencia. Las cuentas del rosario cayeron al suelo, esparciéndose por todas partes. El rostro de Nerea no mostró la menor reacción; ni siquiera le temblaron las pestañas. Su respiración mantuvo el mismo ritmo tranquilo de antes, como si de verdad estuviera desmayada. —Te lo voy a hacer polvo, a ver si así lo sigues recordando —murmuró Lucas. Mientras hablaba, sus ojos oscuros y profundos, afilados como los de un halcón, no dejaron de escudriñar el rostro de Nerea, buscando cualquier microexpresión que la delatara. Levantó el pie y pisó con fuerza una de las cuentas que había caído cerca de él, triturándola. Un crujido seco resonó en la habitación. A pesar de la lluvia de balas en el exterior, el sonido del rosario haciéndose pedazos fue clarísimo. Para Nerea, cada crujido fue como si le clavaran puñales directamente en el corazón. Aun así, se tragó el coraje y siguió haciéndose la inconsciente. Al ver que Nerea seguía sin reaccionar, Lucas bajó la guardia a regañadientes y se convenció de que de verdad estaba desmayada. Después de todo, si el enemigo había hackeado el sistema de la casa sin hacer ruido, era muy probable que también hubieran desactivado el collar de Nerea. Ese collar había sido fabricado en América Latina; un hackeo remoto no era imposible. En tiempos de crisis, hombre precavido vale por dos. Ya más tranquilo, Lucas se echó a Nerea al hombro y salió de la habitación a paso rápido. Afuera, las balas caían como granizo, pero Lucas no parecía perder la calma. Incluso en plena huida, se movía con total control de la situación. Sacó su celular y marcó el número de Agustín...

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