La abuela Encinas prefirió ignorar a Doña Belén y se fue directo a la yugular de Álvaro.
Estaba segura de que si le colgaba la etiqueta de mal hijo, terminaría doblando las manos.
Si lograba doblegar a Álvaro.
Por consecuencia, Nerea no tendría más remedio que obedecer.
Su plan parecía no tener fisuras.
Pero para su sorpresa, Álvaro la enfrentó con la furia desbordándose por los ojos, sin importarle ya el respeto que le debía como hijo, comenzó a bombardearla con verdades:
—¿Y por culpa de quién crees que mi papá está así?
—Si tú no le hubieras impedido el paso a mi hermano cuando quería venir a buscarme, ¡él no habría empeorado de esta manera!
—¡Dime, quién fue la que le dio la espalda a su enfermedad! ¡Quién prefirió que se pudriera!
—¡Ah, pero ahorita sí andas muy urgida! ¿Por qué no hiciste nada cuando era el momento?
—¡Escúchame bien, si a mi papá le llega a pasar algo malo, todo el peso de la culpa caerá sobre ti! ¡Tú serás la que lo mandó a la tumba!
La vieja se quedó sin palabras ante semejante ráfaga, retrocediendo por inercia.
Miró a Álvaro con el pánico dibujado en su pálido rostro; su pecho subía y bajaba rápidamente mientras le faltaba el aire.
—¡Eres... eres un malagradecido!
La impresión le provocó un ataque. Puso los ojos en blanco y cayó desmayada al instante.
—¡Abuela, abuela!
—¡Doctor, rápido, un doctor!
Cuando Liam llegó al piso, la habitación era un caos total.
Las enfermeras sacaban a la abuela Encinas en una camilla; y aunque Álvaro y Estefanía se morían de ganas de mandarla al diablo, tuvieron que irse detrás de ella para acompañarla.
Al ver llegar a Liam, Doña Belén intentó levantarse del sofá para recibirlo.
Al fin y al cabo, era una visita.
Y no cualquier visita, era el hijo mayor de la familia Santillán.
Liam se apresuró a detenerla, ayudándola a acomodarse de nuevo.
—No se pare, doña Belén. Aquí estamos en confianza, no hace falta tanta formalidad con la familia.
Mientras hablaba, se percató de que la anciana estaba pálida. Hizo a un lado las flores que traía y le sirvió un vaso con agua tibia.
Liam jaló una silla y se sentó junto a la cama.
—¿Te duele algo? —preguntó, mirándola con interés.
Nerea negó levemente con la cabeza.
—Me siento bien. Gracias, Liam.
A Liam le agradó la confianza con la que pronunció su nombre; sonrió, más que satisfecho con el gesto.
Le entregó las flores y dijo:
—Que te recuperes pronto.
Nerea bajó la mirada, acariciando los brillantes y hermosos pétalos que descansaban en su regazo.
—Muchas gracias por las flores.
Mientras Nerea se quedaba embelesada con el arreglo, los ojos de Liam no se despegaban de ella.
Su mirada era cálida y suave, como el sol de invierno: reconfortante y para nada abrumadora.
En completo silencio, se dedicó a memorizar y recorrer cada una de las facciones del rostro de Nerea.

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