Era una orden para que Álvaro resolviera el asunto.
Y él también echaba chispas.
—¡Mamá! —exclamó Álvaro, frunciendo el ceño—. Te dije mil veces que este tema lo íbamos a ver hasta que Nere se aliviara. Ya hablé con mi papá y él lo entendió. ¿A qué chingados vienes a hacer relajo al hospital?
A la abuela Encinas se le borró la sonrisa y replicó, molesta:
—¡Ya te dije que vine a verla! Y como la vi repuesta, pues aproveché para sacarle el tema, ¿qué tiene de malo?
—Además, se trata de tu papá. ¿A poco no te preocupa ni un poquito?
Tras soltar eso, se volteó hacia Nerea y le dedicó otra sonrisa empalagosa.
—Yo sé que eres una niña muy considerada, Nere. Ya te veo con más pila. Te llevamos en silla de ruedas, nomás le tomas el pulso, le pones un par de agujitas y listo. Te prometo que ni vas a sudar.
—¡Mamá! —Álvaro alzó la voz, perdiendo los estribos—. ¿Puedes dejar de ser tan egoísta por una vez en tu vida? ¿Acaso ya hablaste con el doctor? ¿Tienes idea de lo grave que estuvo Nere? ¡Las cosas no se hacen nomás porque tú lo mandas!
El grito repentino de Álvaro la hizo respingar.
Se puso pálida y se llevó una mano al pecho.
—¡Malagradecido! ¿Por qué me alzas la voz a mí, tu madre?
Valentina se apresuró a sobarle la espalda a la anciana, asumiendo su rol de nieta abnegada.
—Tío Álvaro, mi abuelita solo está mortificada por mi abuelo. No sabes cómo ha sufrido desde que se fueron a Estados Unidos. Se la pasaba rezando y yendo a misa, esperando a que regresaran sanos y salvos, y para que mi abuelo sanara. Ya está muy grande, cada día que pasa es un riesgo para él.
Álvaro sabía eso perfectamente, a fin de cuentas, era su padre.
En otras circunstancias, Ulises habría podido atenderlo.
Pero el gobierno se había hecho cargo de él por completo, gestionando ahora su educación y desarrollo en un programa de alto rendimiento a puerta cerrada.
Así que la única opción real era esperar a que Nerea se recuperara.
Estefanía sobó el pecho de Doña Belén y la ayudó a sentarse, pidiéndole que no hiciera corajes.
La abuela Encinas, que no tenía un pelo de tonta, decidió que no le convenía pelear con Doña Belén.
Con los ojos llorosos, miró a Álvaro, usando la carta de la manipulación emocional.
—Álvaro, yo te llevé nueve meses en mi vientre, me partí el lomo por ti. ¿Y te vas a quedar ahí cruzado de brazos viendo cómo insultan a tu madre?
Desde el sofá, Doña Belén le clavó una mirada fiera.
—¡Te lo ganaste a pulso! Eres una víbora que no deja de sembrar cizaña. Si a los Encinas se les acabó la buena suerte, fue por tu culpa. Pobre de Álvaro, es una desgracia que le haya tocado una madre como tú.
La abuela Encinas palideció de rabia. Se dirigió a Álvaro con voz aguda y amenazante:
—Álvaro, ¿tú también piensas eso de mí? Si estoy haciendo todo esto es por tu padre.
—¿Me vas a decir que de plano ya no te importa lo que le pase? ¿Vas a dejar que se muera?

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