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Mi hijo eligió otra mamá, y yo elegí mi imperio romance Capítulo 706

Nerea había bajado mucho de peso; su rostro se veía sumamente delgado.

Estaba pálida y demacrada. Aunque sonreía, Liam sentía que no estaba feliz. En su mirada se asomaba una tristeza profunda y difícil de disipar.

En ese momento, una enfermera entró para avisarle a Nerea que debía hacerse un chequeo médico. Sin embargo, ninguno de los Galarza estaba presente.

—Yo te acompaño —se ofreció Liam.

Nerea, apenada por la molestia, se negó:

—No te preocupes, con que me acompañe la enfermera está bien.

—Pero si me consideras de la familia, ¿no? ¿Desde cuándo es una molestia que un amigo acompañe a alguien a quien quiere como a una hermana?

—Además, no tengo nada que hacer ahorita. Tus abuelos y tus papás no están; si te dejo sola y Martina se entera, seguro me regaña por maleducado.

Mientras hablaba, Liam se quitó el saco y lo dejó en el sofá. Luego se desabrochó los puños de la camisa y se arremangó, dejando a la vista sus brazos fuertes.

La asistente médica trajo una silla de ruedas.

Él se acercó a la cama, se inclinó, cargó a Nerea y la sentó con cuidado. Después, tomó una cobija ligera y se la acomodó sobre las piernas.

Aunque la calefacción del hospital estaba fuerte, los enfermos no debían enfriarse. Ya había entrado el invierno y el clima estaba helado.

Liam empujó la silla de ruedas hacia la puerta. La asistente se sintió apenada, pues ese era su trabajo. Se apresuró a seguirlo.

—Joven, déjeme ayudarle con eso.

—No te preocupes, nomás guíanos —respondió Liam con un tono amable pero firme.

La asistente caminó a su lado, guiándolos, y preguntó con curiosidad:

—¿Usted es familiar de la señorita Galarza?

—Soy como su hermano mayor —respondió Liam con naturalidad.

Nerea se sorprendió un poco. El tono y la actitud de Liam eran tan genuinos que parecía que nunca había sentido nada más que un cariño fraternal por ella. Esa sensación de que de verdad era un hermano protector. «¿Ya lo habrá superado?», pensó Nerea.

Las pestañas de Nerea temblaron y rozaron la palma de la mano de Liam, provocándole unas ligeras cosquillas.

—Duérmete. En cuanto te quedes dormida me voy, que en la noche tengo una cena.

Al escuchar eso, Nerea cayó en un sueño profundo rápidamente.

Pero Liam no se fue, ni tampoco tenía ninguna cena esa noche. Se sentó en silencio en la silla de visitas y se quedó mirándola. Solo en ese momento se quitó la máscara de amigo incondicional, dejando ver en sus ojos profundos un amor inmenso por ella.

En ese mismo hospital, en otra habitación.

La señora Encinas estaba pagando las consecuencias de sus propios actos. Había ido al hospital a hacer un coraje y, de tanto hacer bilis, le dio un segundo derrame cerebral.

Ahora estaba postrada en la cama, sin poder moverse, con la boca torcida y sin poder articular palabra. Solo balbuceaba sonidos incomprensibles mientras la baba se le escurría por la cara.

Valentina, aguantándose el asco, le limpiaba la boca con un pañuelo.

Los tres hermanos Encinas estaban reunidos ahí, preocupados y sin saber qué hacer ante aquella situación.

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