Los tres hermanos Encinas miraban a la anciana en un evidente predicamento, pero no tenían ninguna otra opción.
Su madre había sufrido un derrame cerebral y no había mucho que pudieran hacer al respecto.
El secretario le susurró algo al oído a Alexander, quien asintió con comprensión. Luego miró a la señora Encinas en la cama y le dijo:
—Mamá, tengo una junta al rato. Me tengo que ir. Tú quédate tranquila aquí en el hospital recupérate y hazle caso a los doctores.
Dicho esto, se despidió de sus otros dos hermanos y se fue a toda prisa, sin importarle que la anciana lo mirara con los ojos tan pelones que parecían a punto de salírsele de las órbitas.
Tras la partida de Alexander, Felipe también recibió una llamada. Había surgido una emergencia en la empresa que requería su atención, así que tampoco podía quedarse más tiempo en el hospital.
Felipe se acercó a la cama, se inclinó y le dijo:
—Mamá, tengo un problema en la oficina, así que también me retiro. Por lo de los médicos no te apures; le diré a Darío que te consiga a los mejores especialistas del país. Valentina se va a quedar contigo, si necesitas algo, nomás pídeselo.
—Aaaah, mmmh...
La señora Encinas empezó a sufrir espasmos por la desesperación, balbuceando cosas sin sentido. Nadie pudo entenderle ni una sola palabra.
Desesperada, dirigió su mirada hacia Álvaro. Su intención era bastante obvia y todos en la habitación la comprendieron, pero prefirieron hacerse de la vista gorda. Esto enfureció aún más a la anciana, quien empezó a convulsionar con mayor intensidad, torciendo todavía más la boca.
Valentina, fingiendo empatía, se hizo la buena y dijo:
—Tío, por favor, dile algo, mira lo desesperada que está mi abuela.
La señora Encinas asintió con movimientos bruscos, soltando unos quejidos.
Finalmente, Álvaro rompió el silencio con frialdad:
—Señora, descanse. Si necesita algo, dígale a Valentina. Yo no soy médico, quedarme aquí no sirve de nada. Me voy, luego paso a visitarla.

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