Al enterarse del segundo derrame de la señora Encinas, Doña Belén sintió un gran alivio y pensó: «¡Se lo tiene bien merecido, es el karma!». Sin embargo, sabía que la mujer no dejaba de ser la madre de Álvaro. Por más mal que se hubiera portado y por mucho que lo hubiera lastimado, los lazos de sangre no se borraban de la noche a la mañana.
Por consideración a Álvaro, Doña Belén mantuvo un semblante serio e indiferente, y prefirió no hacer ningún comentario en voz alta.
Pero en cuanto Álvaro salía de la habitación, aprovechaba para decirle a Nerea en secreto:
—No se te vaya a ocurrir ir a hacerle tus tratamientos de acupuntura a esa señora. Es una vieja malagradecida, ¿para qué la vas a salvar? Si la curas, nomás te va a seguir haciendo la vida de cuadritos.
Nerea le dio unas palmaditas en la mano y la tranquilizó con una sonrisa:
—Abuela, sigo siendo la paciente. Apenas y tengo fuerzas para moverme, menos voy a poder sostener las agujas. ¿Cómo crees que la voy a tratar?
—Y cuando te recuperes, tampoco se te ocurra atenderla —insistió Doña Belén—. A ver si así se le quitan las ganas de andar fastidiando.
Nerea asintió entre risas para darle por su lado:
—Está bien, prefiero curar a un perro callejero antes que a ella, a ver si no hace coraje.
Solo entonces Doña Belén sonrió satisfecha.
Por otro lado, la habitación de la señora Encinas apestaba a horrores. Valentina, aguantándose las ganas de vomitar, le ayudó a la enfermera a asearla y cambiarle la ropa.
La anciana, frustrada por no poder controlar sus esfínteres, se puso de un humor de los mil demonios y estaba insoportable.
Valentina inventó una excusa para salir al pasillo a tomar aire.
Soltó un largo suspiro de alivio.
De pronto, notó por el rabillo del ojo una silueta a lo lejos que se parecía mucho a Kevin Rojas. Llevaba una gabardina negra que ondeaba con cada paso, dejando a la vista sus largas piernas enfundadas en un traje impecable; lucía sumamente elegante y guapo.
Valentina afinó la vista y confirmó que, en efecto, era él. Sus ojos se iluminaron de inmediato y corrió a su encuentro.
—¡Kevin!
A excepción de su abuela y de Nerea, Kevin procuraba mantener su distancia con el resto de las mujeres. Dio un paso hacia atrás y enarcó una ceja.


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