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Mi hijo eligió otra mamá, y yo elegí mi imperio romance Capítulo 79

Medio mes después, Kevin, el hermano de Leonardo, fue trasladado de Puerto Rosales a Puerto San Martín.

Antes de entrar a la habitación, Leonardo le advirtió: —Cuando entremos, quédate detrás de mí todo el tiempo.

—¿Eh? —Nerea lo miró confundida.

Leonardo frunció ligeramente el ceño. —Su estado es muy inestable, por eso tardamos tanto en traerlo aquí.

—¿Inestable? —Nerea pensó un momento—. Explícame más. Necesito conocer al paciente para tratarlo mejor.

Leonardo guardó silencio unos segundos. —¿Puedo fumar?

Bajaron al jardín.

Nerea se sentó en una banca mientras Leonardo se recargaba en un árbol, encendió un cigarro y fumó casi la mitad antes de hablar.

Su voz sonaba ronca, cargada de humo. —A Kevin le rompieron las piernas unos delincuentes por salvar a su prometida. No solo las piernas; tuvo costillas rotas, hemorragias internas y perdió un ojo. Estuvo un mes en terapia intensiva, al borde entre la vida y la muerte.

—Pero la mujer por la que dio la vida lo despreció por quedar ciego, desfigurado y paralítico. Al final, ella se casó con el peor enemigo de Kevin e incluso le mandaron invitación a la boda.

—Kevin colapsó. Además, la familia Rojas buscó a los mejores médicos y nadie pudo curarlo. Después de esos dos golpes, se amargó y se volvió muy desconfiado. Odia a las mujeres. Solo tolera a la familia.

—¿Qué hace si ve a una mujer desconocida?

—Se pone furioso, pierde la razón y ataca. —Leonardo apagó el cigarro—. Pero antes era muy noble, hasta recogía perritos de la calle.

Nerea asintió. —Entendido.

Una hora después, la asistente Eva llegó corriendo y le entregó una peluca de hombre a Nerea.

Nerea se soltó su largo cabello y se cortó un buen tramo sin dudarlo para poder ponerse la peluca.

Luego pidió vendas a un médico y fue al baño a vendarse el pecho. Se puso una bata blanca holgada y se quitó el maquillaje.

Así, ya no parecía mujer; a lo mucho parecía un chavo delgado, un poco pálido.

Leonardo le indicó a Nerea que se quedara en la puerta. Él se acercó y abrió las cortinas. La luz del sol iluminó al paciente en la cama: estaba en los puros huesos, pálido, con barba de varios días y un aspecto totalmente dejado y desesperado.

—¡Cierra! ¡Cierra eso! ¡Quién te dijo que abrieras! ¡Lárgate, lárgate! —Kevin gritó cubriéndose con la cobija.

La expresión de Leonardo se volvió más seria. —Kevin, esta vez te traje a un médico de primera. Viene de una familia con mucha tradición en terapias con agujas; su técnica es única. Esta vez sí te va a curar las piernas.

Leonardo le hizo una señal a Nerea.

Nerea se acercó y dijo con una voz masculina suave: —Yo traté las piernas del campeón mundial de velocidad Miguel Landero. Tenía lesiones por todos lados por el entrenamiento, como si tuviera las rodillas de un señor de setenta años. Yo le dejé las piernas como nuevas; también puedo curar las tuyas.

La habitación quedó en silencio. Nadie habló.

Unos minutos después, la cobija se movió y se deslizó poco a poco.

Apareció un rostro lleno de burla y dolor. La voz del hombre sonaba tétrica y ronca: —¿Crees que tengo tres años? A él le dolían las piernas, yo soy un inútil paralítico. ¿Sabes lo que es estar paralítico? Malditos matasanos, todos son unos estafadores. ¡Lárgate! ¡No quiero que me cures! ¡Vete a la chingada!

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