Isabel, como la futura cuñada de Felicia, tenía que mostrar interés. Al preguntar, salió a relucir el nombre de Nerea.
Isabel no dijo mucho, pero Blanca Echeverría se convirtió en su vocera:
—¿Cómo es posible? ¿Te golpeó solo por una crema de manos?
—Hermano... —Felicia miró a Cristian.
Cristian conocía bien a su hermana. Apagó su cigarrillo en el cenicero.
—Nerea no golpea sin razón. ¿Tú empezaste?
—¡Cristian! —chilló Felicia—. ¿De qué lado estás? ¿Por qué la defiendes tanto si ya tienes a Isa?
Cristian frunció el ceño.
—¡Felicia! Deja el drama. Si sigues diciendo tonterías te vas a la casa a reflexionar.
Isabel cruzó una mirada con Blanca. Blanca captó el mensaje de inmediato.
—Cuñado, Felicia solo está triste y alterada, no la regañes. Todos sabemos que tú solo tienes ojos para mi hermana.
Fabián también entró al quite para calmar las aguas:
—Sí, Cris, no seas duro con las chicas. Además, Nerea ya no es la misma mosquita muerta de antes. Capaz que se desquitó con Felicia por el coraje que te tiene a ti. Felicia es muy delicada, no es rival para ella.
Felicia comenzó a lloriquear.
—Hermano, Nerea se ha vuelto muy mala. Ahora que anda con Samuel se siente intocable. No solo se burló de mí, también habló pestes de ti y de Isa.
Al escuchar lo último, la expresión de Cristian cambió.
—¿Qué quieres que haga?
Felicia se alegró por dentro. Sabía que si mencionaba a Isa, su hermano no se quedaría de brazos cruzados.
—Hermano, ella está en el privado de al lado. Tienes que darle una lección para que se le bajen los humos. Que aprenda a no meterse con Isa.
Isabel miró de reojo a Felicia. Sabía perfectamente cómo era su futura cuñada; seguramente estaba usando su nombre para vengarse de Nerea.
Pero ver a Nerea humillada no le caía mal, así que fingió no darse cuenta.
Cristian sabía que Felicia probablemente exageraba, pero con Isa sentada a su lado, no quería que ella tuviera dudas.
Sacó su celular, marcó un número, dio un par de instrucciones breves y colgó.
Al escuchar la llamada, Felicia sonrió satisfecha. Esperó un momento y luego arrastró a Blanca fuera del privado.
En ese instante, la puerta del salón contiguo estaba abierta de par en par y se escuchaban gritos.
—Gerente, ¿qué significa esto? —Federico azotó los cubiertos contra la mesa y se recargó en la silla con cara de pocos amigos.
Los demás colegas del instituto hicieron lo mismo, tirando los cubiertos con rabia.


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